Home

Eran pálidas, así que cualquier moretón o el más mínimo rayón se hacían notorios. Ella odiaba mostrarlas. No veía la hora de terminar el colegio para esconderlas para siempre.

Entre tanto, se debían asomar entre la falda de prenses y las medias blancas de caña alta.

Cada mañana, frente al espejo, su mirada se fijaba allí, en ese par de extremidades escuálidas que con trabajo sostenían su peso. Era evidente el vínculo roto. Ella las criticaba constantemente y ellas, a cambio, se doblaban por los tobillos al menos una vez a la semana. La consecuencia más común era un morado más o un rayón con el potencial de volverse cicatriz.

Nadie podría adivinar ese sentimiento de angustia e inseguridad cuando, muchos años después, esa chica pálida atravesaba la sala de redacción mirando de reojo a los periodistas que debían justificar sus temas frente a ella cada mañana: Ésa historia la hemos contado mil veces’, ‘deja de ser el idiota útil de los jefes de prensa’, ‘guarda tu cursilería para la casa, por favor.’

Cubiertas, o mejor escondidas, bajo los costosos pantalones de diseñador seguían las rodillas escuálidas, pero ya nadie sabía que le atormentaban.

En la cama el amante de turno, que estaba obligado a mantener la luz apagada, solía concentrarse en sus pechos firmes, pasados por el bisturí de un cirujano. ‘Si no te gusta lo que dicen de ti, cambia la conversación’ había escuchado alguna vez y lo aplicó a las mil maravillas decidida a no soportar nunca más la burla supuestamente cariñosa que le hizo un novio de bachillerato.

Con la habilidad de cambiar la conversación y una estatura que le daba la licencia social de no usar tacones, se paseaba por la vida con las piernas escondidas y con riesgos mínimos de que sus tobillos la arrojaran al suelo, para recordarle las épocas del oscurantismo.

Todo bajo control hasta el día del premio aquel. Aplausos, mensajes de voz, abrazos, una catapulta a su carrera y ella lo único que se repetía era ‘traje de coctel’.

‘Entonces…’ decía ella en los brindis con amigos ‘…somos tan progresistas como para que una mujer sea merecedora del premio de periodismo, pero le exigimos salir a recibirlo exhibiendo sus extremidades inferiores y recordando su propia fragilidad encaramada sobre unos tacones; es decir, lo único que realmente queremos hacer es burlarnos con cierta elegancia de su ilusión de ocupar un lugar en la vida pública por cuenta de su intelecto.’

Sus colegas se reían a carcajadas y brindaban en su nombre por sus punzantes comentarios.

Ninguno imaginaba la angustia que la mantenía despierta en las noches, el pánico de exponer sus cicatrices o aún peor, de caer delante de todos, mientras se dirige a dar el discurso de agradecimiento.

Con el tic tac del reloj encima que le recuerda la velocidad con la que se acerca la dichosa ceremonia, ella decide nuevamente cambiar la conversación.

Escribe una columna de opinión tan ácida como la boca de su estómago en las madrugadas de angustia y pide que se publique el mismo día de la entrega del premio.

En la diatriba agradece el reconocimiento con cierto desgano en las primeras líneas y después se despacha con argumentos feministas que anuncian una protesta pacífica, pero contundente en la noche de la ceremonia.

Nadie sabe a ciencia cierta de qué va la protesta, cuál será su modus operandi y eso vuelve locos a los medios.

Nunca antes se había visto un cubrimiento tan amplio de un premio de periodismo. La entrada parece la de los Oscar o los Tv y Novelas, cuando menos, pero todas las cámaras esperan a un solo personaje.

Llega la hora de cerrar las puertas del auditorio y la famosa mujer no se ha presentado. Los reporteros decepcionados piensan que hasta ahí llegó la protesta y se frustran al imaginar la nota de prensa sin una foto que valga la pena.

Cuando el presentador anuncia el nombre de la controversial mujer, se levanta entre la multitud un sujeto que camina con vehemencia hacia el escenario con un gancho de ropa en una mano y unos zapatos altísimos en la otra.

Se las escaleras tapizadas en rojo, cuelga del soporte del micrófono un elegante vestido de coctel, acomoda con cuidado los zapatos justo debajo del vestido y lee lentamente el discurso de agradecimiento del premio, en el que por supuesto se hace énfasis en el dichoso código de vestuario.

Las redes sociales enloquecen mientras ella, envuelta en un amplio pantalón de pijama, sigue por Twitter la parodia con sus rodillas en el lugar donde siempre las ha querido tener: el anonimato.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s