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Aún recuerda la primera vez que vió su silueta desnuda, con una taza en la mano y la mirada perdida.
Se llevó la curva de su espalda y sus nalgas redondeadas a todas partes por varias semanas.
Esa imagen se volvió el lugar al que siempre quería volver.
Fantaseaba con cruzarse con ella en el parque, en el supermercado, en el bus.
Después llegó el hombre barbado.
Al principio le besaba la nuca y contemplaba el atardecer con ella.
Con los días, pasaba indiferente detrás de ella y desaparecía en alguna habitación.
Unos meses después, la taza fue reemplazada por una copa y el gesto se adivinaba tenso.
La silueta caminaba de un lado al otro del balcón.
La ansiedad de conocer su nombre y ver sus nalgas en una lycra empezó a ser reemplazada por un sentimiento fraternal.
Después parecieron los manoteos cuando él cruzaba la puerta, los gestos dramáticos, el llanto. Los nervios desplazaron al misterio.
El balcón quedó vacío por varios días.
Un martes helado, caminando por el mercado, por fin la encontró. Pantalón de sudadera, gafas oscuras, camiseta vieja.
En un pasillo estrecho sus manos se tocaron brevemente. No apareció la la espalda desnuda en su mente, no imaginó sus besos. Sintió un poco de rabia, al apreciar el efecto de aquella barba.
La mujer alguna vez misteriosa, escapó de sus anhelos sin cruzar palabra y para siempre perdió el encanto aquel balcón.

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