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Tengo 7 años y estoy jugando en la calle con algunos amigos. Vemos venir al temor de la cuadra, ese matoncito de 14 años que siempre nos molesta. Decidimos organizarnos y tomar venganza por tantos momentos de temor. Cuatro de nosotros agarramos su camiseta desde distintos lugares. Él se enfurece y lanza un fuerte puño que aterriza en mi brazo. Yo siento el dolor, imagino el morado que me quedará y me quiebro en llanto.

Una vecina decide contarle a mi papá lo sucedido. Yo lloro con más fuerza cuando veo los 100 kilos de furia de mi papá caminar hacia el matoncito. En ese momento, él no piensa con claridad. La única imagen en su cabeza es la de este chico malcriado de 14 años golpeando a su niña del alma. La venganza aparece de nuevo en el panorama.

Con toda la fuerza de un hombre de campo, mi papá agarra al chico de la camiseta y lo golpea una y otra vez…Yo lloro y grito con todas mis fuerzas para que se detenga. Tengo el corazón hecho pedazos.

Finalmente, mi papá suelta al chico y volvemos a la casa con una cicatriz imborrable. Vienen el dolor de corazón, el arrepentimiento, el proceso legal, la mala relación con los vecinos por varios años, la duda de si debo compartir con mi papá las cosas malas que me ocurran en la vida, el temor de las represalias que pueda tomar la familia del chico. El morado se borró en un mes, las demás consecuencias perduraron por años.

Nunca más he visto a mi papá ser violento con nadie. La sabiduría que ha adquirido con el paso de los años lo ha convencido de que la paz es el único camino y lo ha llevado a soltar antiguos rencores que no lo dejaban dormir. Hoy es un activista por el Sí a la paz.

Cada tantos años me encuentro en la calle con el matoncito, nos saludamos con decencia, pero siempre se me acelera el corazón. Los guardas de seguridad de mi edificio le han mentido al chico varias veces, haciéndole creer que mi padre ya no vive allí.

Yo aprendí que la venganza es inútil de una manera muy dura, tal vez esa es la razón por la que no tengo ninguna duda al respecto.

Ya han pasado 25 años desde ese día. Ahora, mi país está pidiendo venganza. La gente en la calle le llama justicia, pero en este caso, son casi lo mismo.

En Colombia, hay varios grupos armados al margen de la ley. Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias), uno de los más fuertes y antiguos (52 años) quiere dejar las armas y convertirse en un partido político legal. El proceso es muy complejo, especialmente porque implica amnistía.

La justicia transicional contempla mecanismos no convencionales de verdad y reparación, de manera tal que ningún militante de las FARC va a pasar ni un solo día en la cárcel y eso nos está carcomiendo.

‘Si causaste sufrimiento, tú debes sufrir también, preferiblemente en frente de todo el mundo, para que se difunda el miedo y así nadie más se atreva a repetir tus acciones’ ése es el mensaje que yo leo entre líneas en nuestra visión de justicia. Nos aterra renunciar a la idea de ‘un castigo ejemplar’.

La ansiedad, la desconfianza y el miedo han sido nuestro territorio común a lo largo de más de 50 años de guerra. Crear una sociedad con nuevos valores no es nada fácil.

No apoyo la violencia en ninguna de sus formas, no valido los métodos de las FARC, espero con ansias el día en el que Colombia sea un país sin guerrilla, sin secuestros ni masacres, pero honestamente no creo que la cárcel haga una gran diferencia.

Las guerrillas colombianas nacieron en casas campesinas, con ciudadanos tratados como si fueran de tercera categoría, sin tierra para cultivar, sin oportunidades, ni condiciones dignas de vida, educación y salud. Esas guerrillas se convirtieron en monstruos con el paso del tiempo. Reclutaron forzosamente a niños y los entrenaron como soldados sin piedad, quemaron pueblos enteros.

No quisiera que esas atrocidades ocurrieran nunca más, en ningún país del mundo, pero dudo mucho que haga una gran diferencia el meter durante 30 años a la cárcel a los campesinos, los soldados reclutados en la infancia, los que una vez fueron ideólogos y otros tantos que son delincuentes sin remedio y cuya mala conducta de todas formas los llevará a la cárcel en algún momento.

Tampoco digo que no meter a nadie a la cárcel va a resolver todos los problemas estructurales que alimentan la violencia, como la falta de oportundiades claras de desarrollo económico, las ineficiencias socio-culturales, el narcotráfico, la corrupción…hay muchísima tela de donde cortar y se necesitan muchas soluciones complementarias.

Pero, imaginemos por un momento que logramos encarcelar a 6 mil integrantes de las FARC en prisiones sobrepobladas durante 30 años. ¿Qué vamos a hacer con ellos cuando cumplan sus condenas? ¿cómo vamos a manejar su desconfianza, su rabia, su carencia de habilidades para construir un país en paz?

Darle duro al matón no es una solución efectiva, se los digo por experiencia propia.

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