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Lo que pazo en 2016

Corrían tiempos de mucha confusión. Más de cincuenta años de conflicto armado tenían los corazones muy heridos y la confianza completamente quebrada.

En las calles, en las mesas de comedor, en Twitter y Facebook había conversaciones de todos los tintes, algunas pedagógicas, otras muy duras, que dejaban a amigos y familiares disgustados por un buen tiempo.

El país entero se comía las uñas de pura ansiedad. Algunos se sentían incapaces de creer que quienes habían empuñado un fusil por tanto tiempo, podrían construir país desde la legalidad. Otros apenas conciliaban el sueño al pensar que por pequeñeces podríamos echar por la borda la primera oportunidad real de silenciar las armas de las FARC.

Las palomas blancas convivían con banderas negras, que eran el símbolo de lo que muchos consideraban un duro golpe a la constitución colombiana.

Yo ya había presenciado algunos intentos de reconciliación social. Había visto al M-19 dejar de existir como grupo armado y también supe del asesinato de muchos ex-combatientes que habían conformado la Unión Patriótica, un partido político que tuvo mucho eco en un sector importante de la población, porque le apuntaba a sanar viejas heridas con el campo y con la clase trabajadora.

En ese lejano 2016, cuando se negociaba en Cuba, esa masacre de la UP casi no se mencionaba, así que muchos perdían de vista la posibilidad de que algunos de los que tenían camuflado, realmente tuvieran ideas interesantes para aportarle al país. Un sector de la población quería impedir a toda costa que algún guerrillero fuera elegido popularmente para participar en el congreso, o en cualquier otra posición política.

Yo, mientras tanto, pensaba mucho en Pepe Mujica, un exguerrillero que había sido presidente de Uruguay. Un sabio, que me enseñó mucho de la libertad, de las prioridades en la vida, del servicio público por convicción y no por corrupción.

Con tanto dolor en el corazón, tanta muerte, tan poca confianza, a la población de mi país le costaba mucho trabajo adelantar la película e imaginar que de la selva saldrían tantas personas honestas, bonitas, hastiadas de sufrir y de causar dolor.

En esos tiempos de confusión, a veces las discusiones terminaban siendo cuestión de diferencias en el lenguaje. Algunos estaban muy indignados con que se asumiera que una firma en un papel era sinónimo de paz. A los defensores del proceso les costaba crear empatía con ese otro grupo y, a veces, los llamaban enemigos de la paz. Pero, en el fondo, queríamos lo mismo: Un país tranquilo, con oportunidades para todos, donde el delincuente no fuera rey y las familias que habían sufrido obtuvieran una reparación.

A veces, querer lo mismo, pero definirlo de maneras diferentes, puede complicar mucho los asuntos.

Para salir de esos malos entendidos fue decisiva la conversación, la pedagogía, las acciones de personas de todos los rincones del país, que estuvieron dispuestas a escuchar con corazón abierto y ponerse en los zapatos del otro. Muchos ciudadanos tomaron la construcción de un nuevo país como su bandera. Algunos escribían textos explicativos, otros hacían videos, canciones, ilustraciones, murales, infografías, obras de teatro, flashmobs, fotografías. Empezamos a contarnos la historia del fin de la guerra de mil maneras, cada uno desde sus posibilidades y sus talentos.

Fue gracias a esa legión de héroes anónimos, que los vecinos y familiares que creían estar en polos opuestos se empezaron a acercar. Les quitamos la voz cantante a unos pocos líderes políticos que promovían la polarización y empezamos a hablar entre nosotros, a dibujar juntos, a pensar cómo podíamos lograr que la firma de ese papel fuera el comienzo de la construcción de la paz.

Poco a poco se ablandaron los corazones gracias a estas pequeñas acciones y empezamos a entender que dejar de matarnos era un paso muy importante. No era el único, pero sin él, ningún otro paso sería posible.

Para los colombianos fue decisivo entender que la cárcel no era el único camino para saldar deudas con la nación. Algunas historias de reintegración social, muy bien contadas, nos mostraron que, a veces, la cárcel sólo profundiza el dolor y la tendencia a la delincuencia. Era fácil perder de vista que el mismo dinero que se iba a destinar a que las manos y los corazones de los guerrilleros se pudrieran en la cárcel, se podía usar para que pusieran su energía al servicio de la reconstrucción del país.

Muy lentamente se fueron abriendo los espacios para mirarnos sin la etiqueta de ‘criminal’, ‘asesino’, ‘citadino indolente’, ‘desplazado’ y notáramos que mucho de lo que creíamos que nos separaba, provenía de los mismos dolores antiguos. Nos fuimos dando cuenta de que la víctima y el victimario eran dos caras de la misma moneda, de falta de oportunidades, de concentración de riqueza, de un país desgarrado por los intereses económicos de unos pocos poderosos.

Algunos años después estábamos todos caminando juntos por calles y pueblos. Aún adoloridos y aturdidos, pero cada vez menos polarizados. El campo, el corazón de este país, empezó a latir con más fuerza y eso trajo bienestar para todos.

Muchos detalles se me escapan de cómo logramos empezar a construir desde la diferencia, a dejar de promover la corrupción y la ilegalidad, a dialogar en lugar de disparar, pero lo que sí tengo muy claro es que fue una tarea colectiva, de los maestros, las madres, los sacerdotes, los empresarios, los twitteros, las amigas del barrio…TODOS, sin excepción.

Hoy recuerdo el 2016 con el corazón engrandecido. Me siento profundamente orgullosa de pertenecer a una nación que se puso la camiseta del fin de la guerra, que pudo entender que es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa. Los ídolos políticos de esa época son ya historias muy viejas, pero lo que Colombia entera logró en ese año decisivo, fue poner la primera piedra de lo que hoy es un país en paz.

 

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