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“Lo más atroz de las cosas malas, de la gente mala, es el silencio de la gente buena” Ghandi

Voy sola al médico desde los 14 años. No me disgusta la compañía, de hecho soy bastante sociable, pero tener a un familiar o amigo mirando para el techo en la sala de espera, casi siempre me parece innecesario.

Confío en la gente. Se que hay personas mal intencionadas, corruptas, criminales, pero confío en la gente por convicción, por salud mental, porque creo que nada bonito y duradero puede nacer de la desconfianza crónica.

Fui abusada por un hombre que dice ser quiropráctico. Confiaba en él y fui sola a la terapia.

El día que esto ocurrió yo no le puse la etiqueta de ‘abuso’. Estaba atolondrada y mal informada.

Fui por un dolor fuerte en los hombros y la nuca. Pedía a gritos un masaje,  acupuntura, algo que me permitiera girar la cabeza, pues había un espasmo que me obligaba a dejarla quieta. Ya había consultado a una fisioterapeuta y no sentía alivio, así que me sonó bien la idea de usar terapias alternativas. El consultorio no quedaba en un centro médico, sino en una casa cualquiera, pero yo no le presté atención a eso.

El hombre me dijo que me quitara la blusa. Me pareció normal. Mientras me masajeaba los hombros me hizo preguntas de mi vida laboral, emocional, del historial médico de mi familia. En ese momento lo vi con buenos ojos. A veces siento que el sistema de salud convencional no tiene en cuenta el contexto del paciente para analizar sus dolencias. Después me arrenpentí de hablarle de los asuntos del corazón, porque los usó en mi contra.

Después del masaje ‘normal’ este quiropráctico me manoseó los senos. Decía que tenía un bloqueo emocional, causado por ese dolor del corazón que llevaba a cuestas. Yo me sentí incómoda, pero en principio no supe identificar el momento en el que la terapia se había terminado, para dar paso al abuso. Después de oír la palabra ‘tetas’ salir de su boca, supe que algo allí no estaba bien. Tumbada en la camilla boca arriba, con el torso desnudo y con esa palabra retumbando en las paredes, me sentí horrible. Me intimidé y quise taparme. El hombre se agachó y me besó la boca. Se me vino el mundo encima, rompí en llanto y le pedí que se detuviera.

El quiropráctico usó todo lo que yo le había dicho para justificar sus acciones. Mencionó el tal bloqueo emocional, dijo que el beso y sus manos rozando mis senos eran instrumentos terapéuticos para ayudarme a combatirlo. El llanto, según él, probaba que todo estaba mejorando.

Hasta ahora no entiendo cómo no le respondí con una cachetada, un grito, un insulto. Otras mujeres que han pasado por sus malas manos dicen que les ocurrió lo mismo. Se quedaron paralizadas. Puede ser efecto de los aceites que usa, de la relajación que ocasiona el masaje inicial o, tal vez, la dificultad de trazar la línea entre la terapia y el abuso. De cualquier manera volví a mi casa atolondrada.

Pasaron un par de horas antes de que mis alarmas se encendieran y decidiera poner una queja en la secretaría de salud. No pensé en denunciarlo en la fiscalía. La falta de información sobre el abuso sexual me impidió tipificar mi experiencia como tal. Crecí pensando que implicaba relación sexual completa.

La queja no progresó y yo me fui olvidando del asunto. En principio me indigné, compartí el suceso con algunas personas, pero después seguí mi vida, con una cierto mareo y rabia cada vez que cruzaba por su consultorio.

Transcurrió un año antes de que pusiera el denuncio en la fiscalía. Lo hice porque los medios publicaron otro caso de una mujer de 22 años que fue abusada del mismo hombre. En ese momento me sentí cómplice silenciosa del abusador. Pensé ‘tal vez, si yo hubiera tomado en serio el asunto, esta chica no habría pasado por una experiencia que marcó su vida’.

El abuso es esa esquina de la vida por la que nadie quiere pasar. Tal vez por eso se mantiene a oscuras, en el olvido. Tal vez por eso no nos informamos, ni lo hacemos público.

Cuando denuncié decidí también compartir mi historia. Busqué amigos periodistas, di un par de entrevistas y publiqué en redes sociales la información de mi caso. Abrí la caja de pandora.

Desde ese momento he recibido apoyo incondicional de amigos y familiares, cariño, palabras de aliento y admiración. Pero también han aparecido historias oscuras. Algunas personas se han decidido a contarme sus experiencias. La gran mayoría de ellas han mantenido en secreto sus casos, así que nunca denunciaron y los culpables de sus abusos siguen campantes por la calle, posiblemente coleccionando víctimas. Además aparecieron muchas preguntas. Todas bien intencionadas, pero no menos incómodas: ¿qué fue lo que te hizo? ¿por qué no hiciste nada? ¿pero, te violó? ¿qué hiciste después? Cada amigo interesado en la historia te hace revivirla. Cada mensaje al respecto te hace temer que te estés poniendo el apellido imborrable de ‘mujer abusada’. Nadie quiere ese apellido, ninguna mujer quiere ser recordada por sus amigos como la pobre víctima de abuso sexual.

Esas son justamente las armas del abusador.  Ese estigma, esa incomodidad, ese miedo, esa vergüenza constituyen las materias primas de la intimidación. El abusador lo sabe y por eso lleva sus manos más allá. Por eso se pasea campante entre nosotros. Porque sabe que preferimos callar y aguantar.

Mi caso y el de las otras mujeres abusadas por este quiropráctico están siendo investigados por la fiscalía. Seguirles la pista y hacer presión para que se resuelvan, demanda tiempo y energía. Hay que sacar el momento para ir al centro de la ciudad, para hablar con el fiscal, para seguir difundiendo los casos y que aparezcan más denuncias que apunten al mismo hombre, pues un par de testimonios pueden no ser suficientes para que la justicia tome acciones contundentes. Hay que seguir mirando el monstruo a los ojos, seguir hablando del abuso, seguir inspirando a más personas para que venzan el miedo y detengan a sus abusadores. Hay que aguantar la cara de desdén de la secretaria de la fiscalía cuando le aclaras que no denunciarás acceso carnal, sino abuso sexual. Hay que informarse sobre la diferencia y las implicaciones de cada uno de estos delitos. Hay que tener presente que son casos de ‘su palabra contra la de él’. Hay que considerar que el abusador te puede encontrar en redes sociales y amenazarte o perseguirte. Hay que seguir la vida, pero no olvidar la causa. Hay que seguir confiando, pero sin ser confiada. Se puede ir a terapia a solas, pero hay que tener los ojos bien abiertos.

Una parte de mí siente la tentación de pasar la página y no volver a tratar el tema, pero la voz más fuerte se niega a volver a la complicidad silenciosa, así que espero volver a escribir del asunto, compartir noticias del caso y darle ánimos a personas que han pasado por situaciones similares.

Me niego a vivir con miedo. Me niego a ver al género masculino con mala cara. Me niego a victimizarme y me niego a callarme. Si has sufrido abuso. Infórmate. Denuncia. Comparte. Difunde. El silencio perpetúa este delito, lo digo por experiencia.

Si fuiste abusada en Cali, Colombia, por un osteópata o quirorpáctico, por favor comparte tu caso conmigo escribiendo a mab@marcelab.co , es posible que sea el mismo que abusó de mí y, si es así, tu testimonio es clave para la investigación.

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