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Las ramas de los árboles se mecen levemente, caen un par de gotas y el pueblo entero cruza los dedos.

Con el buen ánimo que trae la brisa empiezan a rodar las historias. Todos recuerdan aquel hombre que prometió ir de rodillas desde su casa, hasta el atrio de la iglesia, si volvía la lluvia a sus tierras. La misma noche de su promesa cayó un aguacero que les recordó a los habitantes de El Salado que su pueblo está atravesado por un arroyo. Han pasado varios meses desde aquel suceso. Del arroyo solo queda una zanja seca, como una cicatriz, y de la promesa incumplida del vecino queda una leyenda, esa en la que las cosechas se están perdiendo por culpa de un hombre que no entiende que la palabra pesa.

Estas historias se cuentan en la puerta de Delsy, la anfitriona del pueblo. Por su casa han pasado todos. La fiscalía, los funcionarios de las ONGs, los ingenieros, los periodistas. Todos han desayunado yuca cocida con suero costeño, pasta de ajonjolí y algunos se han aventurado a probar el famoso ají que prepara su marido.

Desde la puerta de su casa se alcanzan a ver una cancha de fútbol polvorienta y una iglesia. Allí se dieron cita el llanto, la sangre, los gritos, la tragedia y la desesperación en febrero del año 2000, cuando las autodefensas masacraron a 66 habitantes de la zona.

Quince años después, Delsy alojó al personal de la fiscalía que fue a entregar los restos de 9 víctimas que por fin fueron reconocidas, después de haber sido exhumadas de una fosa común en 2013.

En El Salado todos están marcados por esa tragedia, todos tienen tatuado en el alma el dolor, el abandono, el absurdo de la indolencia de las autoridades, el sinsabor de haber tenido que dejar su pueblo abandonado y vivir en otras tierras, por amargos y largos años.

Aún así, en las noches saladeñas, en mecedoras ubicadas en los portones de las casas, se habla de oportunidades, de proyectos, de prosperidad y se cuentan historias al calor de unas cervezas.

Una de esas oportunidades se empieza a materializar en una mañana de martes, en la casa comunal del pueblo y yo tengo la fortuna de participar en esta reunión.

Campesinos de diferentes veredas se reúnen para reconocer que juntos son más fuertes, para pensar cómo pueden estrenar el pavimento de la vía que los conecta con Carmen de Bolívar, sacando productos orgánicos que terminarán en mesas de importantes restaurantes.

Con orgullo y amplias sonrisas, los saladeños dicen que la gente linda, la unión y la confianza son lo que más valoran de su pueblo. Yo observo sus miradas cristalinas con profunda admiración por su resiliencia, por su pujanza y cruzo los dedos junto a ellos porque llegue la lluvia y se llene el arroyo que atraviesa el pueblo.

Los campesinos eligen un líder por cada vereda e idean mecanismos para mejorar la calidad de sus productos, fijar precios y conectarse con esos clientes que tendrán el poder de transformar sus vidas, disfrutando de un plato de buena comida.

Los fríjoles y los aguacates de El Salado, como tantos otros productos de la zona de Montes de María, tienen un sabor único y además son cosechados por manos que aman la tierra, que cuidan el bosque, que dejan a sus gallinas sueltas, que saludan al vecino cuando pasa y estrechan con cariño la mano del visitante.

Estas manos están ávidas por cosechar los mejores granos y vegetales, de variedades nativas que han sobrevivido a Monsanto.  Quieren aprender a limpiar esos productos, a empacarlos y transportarlos de manera adecuada, quieren saber cómo hacer una cuenta de cobro y llevar una contabilidad organizada. Estas manos quieren ganar con trabajo el pan que ponen en sus mesas y dejar atrás los paños de agua tibia de muchas ONGs que los adormecen con refrigerios, como dice un amigo mío.

Esto no pasará de la noche a la mañana. Los campesinos deberán preparar sus fincas para recolectar el agua que todos esperamos que llegue. Necesitarán aprender a sacarle el mejor provecho. Será necesario que aquellos que tienen más conocimiento y experiencia, lleven a los demás de la mano en el camino de cosechar y vender productos de alta calidad. Las estructuras de liderazgo y toma de decisiones que nacieron de esta reunión deberán fortalecerse y resistir los contratiempos y malos entendidos que vendrán en el proceso.  Falta un largo camino por recorrer, pero un viaje de mil kilómetros siempre comienza con un pequeño paso.

Para que este paso este paso trascienda y conecte a estos agricultores con restaurantes de lujo será necesario aunar esfuerzos de muchos sectores y yo espero participar en ello.

Nota: El contenido de este blog no representa las opiniones y visiones de ninguna de las organizaciones involucradas en la iniciativa que conecta agricultores con mercados de alto valor. Estas son impresiones personales de las que Marcela Arango Bernal se hace responsable (marcela.arango.b@gmail.com)

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