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‘Lorenita, que la virgen te acompañe’. Se despide con esa infaltable frase. La toma con sus manos temblorosas, la mira con ternura y le da algo parecido a un beso en la frente. Bendiciones, ingenuidad, ternura y canas, eso es la abuela Aura.

Lorena soporta el interrogatorio que esgrime su padre, para demostrarle a Aura que la está formando como una niña de bien. ‘Sí papá, ya te dije que voy con Carlos a cine y al centro comercial, él me trae más tarde’. Miente con descaro y sale entusiasmada a su aventura clandestina.

Como cada año desde esas fantásticas vacaciones a los 13, cuando la dejaron lanzarse a las calles por primera vez, Lorena se escapa de los aburridos planes con la abuela, para encontrarse con algunos amigos que le presentó su primo Carlos. En esta oportunidad viene con nuevo look, hace hasta lo imposible por disimular sus aires de pueblerina y cruza los dedos para que eso sea suficiente para recibir por fin un beso de Matías.

Después de dos horas de viaje en un bus sucio y atestado, se baja en una callecita estrecha. Mira un poco a su alrededor y siente una mezcla de susto y emoción al verse en ese barrio bohemio del que tanto le han hablado, lejos de los villancicos y los buñuelitos de Aura. Ve en la otra acera la figura delgada y provocativa de su amor platónico y cruza por inercia, casi sin percatarse del ruido y el tráfico.

Lorena flota por las calles antiguas, impulsada por los relatos de Matías sobre la vida nocturna, los restaurantes y la historia tatuada en cada esquina del barrio. Se siente liberada, respira cierto aire de intelectualidad y no puede creer que se ha perdido de esos lugares maravillosos a lo largo de tantos años de aburridas visitas a la abuelita Aura, cuya presencia la obliga a jugar a la esposa en potencia, a la mujer de su casa.

El rincón de inspiración del famoso escritor, el lugar que vio morir al político, la imponente fachada del primer teatro del país, todo parece salido de un periódico antiguo y ella no puede disimular su entusiasmo. A lo largo de la tarde Matías le ha hablado de ese lugar maravilloso donde pasa los ratos libres de sus clases universitarias. Un café donde se reúnen los académicos a repetir que los políticos siempre han estado equivocados. El paseo por el centro terminará allí y ella anticipa la conversación interesante, el olor a vino, café y tabaco y el beso apasionado.

Llegan por fin al mencionado café y ella se deja envolver por el ambiente antiguo y romántico. Mesas metálicas, sillas forradas en cuero rojo, comensales con pinta de artistas, jazz como música de fondo y centenares de fotos de la historia de la ciudad mirando a los visitantes. Nada que ver con las carpeticas de crochet, el agüita de toronjil y los monótonos bambucos de la casa familiar.

Se toman un par de capuchinos y Matías le habla del corazón partido de Francisco, el dueño del lugar. Es toda una leyenda su romance adolescente con una mujer mayor, que decidió de repente escapar de las complicaciones de la izquierda y la bohemia, para casarse con un contador. Lorena mira hacia la barra, donde Francisco brinda con brandy a las cinco de la tarde e imagina la inquietante figura de la mujer que le rompió el alma.

Ella supone que el tema romántico los llevará por buen camino, de manera que hace más y más preguntas para avivar la llama, pero Matías no tiene más detalles, así que lo único que se le ocurre para calmar su curiosidad es retarla a que encuentre entre las paredes llenas de fotografías viejas, el rincón que Francisco tiene reservado para la foto de su amada.
Lorena acepta encantada y en un ataque de emoción lo toma de la mano y lo arrastra hasta el primer muro. Pasea su mirada por el tranvía, las glamurosas fiestas de antaño, posesiones presidenciales, sombreros y paraguas, hasta que ve al fondo, pegado a la pared, un pequeño florero con dos claveles rojos al lado de un marco metálico y se abalanza hasta ese cuadro. Al llegar olvida los dedos de Matías que aún permanecen entre su mano, el jazz, el capuchino y el barrio. Se queda paralizada al ver esa vieja imagen que recuerda tanto: La extraviada juventud de su abuela Aura.

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