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Claro que la reconoce, tiene el sello inconfundible de su mal gusto y todo el peso de lo que alguna vez fue una historia de amor.

Atascado entre centenares de carros que no paran de rugir, con el tedio del día impregnado en la ropa y un vaivén de asuntos inconclusos recorriendo su cabeza, decide esculcar las vidas que hay detrás de los parabrisas que lo acompañan. Al frente ve a un niño observando con nostalgia el camino recorrido. Le duele un poco el cuadro, pues la cara larga de un pequeño es siempre como una punzada que trae al presente las batallas perdidas de los primeros años. Esperando un panorama más alentador voltea su mirada y se da un estrellón con el pasado.

En un auto destartalado encuentra a un hombre y una mujer para los que el trancón no es problema alguno, ni el calor, ni el ruido, ni el smog. Se abrazan con ternura, se miran como si no hubiese nadie más en el planeta y derrochan tanto amor, tanta pasión, que casi se puede escuchar la dulce banda sonora que acompaña el momento. Se quieren como sólo es posible hacerlo a los 20, con esa idea de que el amor durará por siempre. Y como si el romántico cuadro no fuera ya una cachetada para un cincuentón sin esperanzas, el enamorado viste con orgullo aquella espantosa camisa que unos años atrás él sacó en una maleta mal empacada de su antigua casa.

Vacaciones en Tailandia, amor profundo y descarado, con el mundo a sus pies y la mujer de su vida tomada de su brazo. Recorren las calles de un pequeño barrio de artesanos y ella se enamora de ese adefesio hecho camisa. Él, que nada le niega, la compra por ver esa sonrisa que le ilumina el mundo, por seguirle el capricho, como buen enamorado.

La prenda vuela de regreso a casa y presencia trasteos, peleas, desencantos, distancias. Nunca termina en la basura o en el armario de algún amigo porque para ella es como un trofeo que cristaliza el momento en el que se amaron. Él nunca la usa y ella jamás se lo perdona, pero no le concede el derecho a botarla.

Después de gritos, silencios, huidas y confrontaciones, la camisa se va con él y un par de días después corona la montaña de ropa y objetos despreciados que empiezan a pasar de mano en mano. En esas extrañas travesías de las cosas regaladas termina posándose en el torso de un enamorado que se cruza en su camino en un día para olvidar y le recuerda a esa mujer que a pesar de tantos recorridos y contradicciones, todavía extraña.

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Un pensamiento en “El extraño camino de las cosas regaladas

  1. Bonito. Un estilo bien interesante de hacer una crítica a quienes no aman, sino que están interesados más en otras cosas que en el amor.

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