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Domingo 1 de junio de 2014

Se asoma el sol en Cali y con él 500 personas renuncian a la pereza dominguera, a al deporte matutino, a ver televisión en la cama, para encontrarse en Terrón, un barrio ubicado en la entrada de Cali desde el océano pacífico.

A las 6 a.m. se carga un camión con pintura de colores vivos, brochas, rodillos y otros instrumentos destinados a darle vida a las fachadas de 55 casas de la comuna 1 de Cali, una zona marginada, estigmatizada a raíz de acciones violentas de pandillas y ladrones de esquina.

Con el canto de los pájaros y un poco de viento frío se despierta Evelin, una niña de 7 años que atenderá un negocio en la puerta de su casa y ayudará a los voluntarios a pintar, pues su mamá trabaja de domingo a domingo.

Evelin nació en este barrio que carece de agua potable y sufre la inestabilidad de otros servicios como la energía eléctrica, el cubrimiento de salud y la presencia de la fuerza pública. Para ella, la posibilidad de conseguir un trabajo estable o tener opciones de educación superior, es remota. El color de su fachada parece ser el menor de sus problemas.

Al otro lado de la ciudad, en algún barrio estrato 6, Mateo se da una ducha caliente cuando aún está oscuro el cielo y le pide a su chofer que lo lleve al parque el peñón, pues quiere participar en Terrón Coloreado, el voluntariado del que tanto hablan sus compañeros del colegio. Mateo no puede esperar para tomarse fotos con sus amigos frente a una casa colorida.

A las 10 a.m., la loma en la que vive Evelin está llena de gente. Voluntarios de todos los rincones de Cali llegan con pintura, brochas y mucha energía, a darle color a las fachadas en obra gris, ladrillo sucio, lata y madera que caracterizan esta zona de la ciudad.

Unas horas después, la casa de Evelin luce un azul vibrante y hasta tiene decoraciones que Mateo y los otros voluntarios han hecho en el muro del frente.

Con todo y el esfuerzo logístico de conseguir las donaciones de las empresas, la comida para Mateo y los otros 499 voluntarios, llevarlos a todos hasta Terrón y garantizar que pinten las casas, el cambio de color de las 55 viviendas es minúsculo.

Con el tiempo, la pintura se va a ensuciar, el ingreso promedio de la mamá de Evelin no va a aumentar, el cambio de color de la fachada no le da a ella un cupo directo a la universidad, los índices de pandillismo y robo no disminuirán. Este cambio minúsculo, sin embargo, puede generar en Evelin y en sus vecinos, un mayor sentido de pertenencia por su barrio, un cierto orgullo que alcance a contrarrestar el estigma social al que se enfrentan todos los días y un poco de energía y ánimo para continuar la lucha.

Pero yo no me he levantado a las 5 a.m. durante 11 domingos por eso, ni tampoco ha sido ese el motivo por el que he cargado incontables tarros de pintura ni he convocado a más de 2mil voluntarios, ni he llegado a mi casa molida e insolada para levantarme a trabajar al día siguiente. La razón por la que hago todo eso es mucho más sutil y duradera que el azul que cubre los ladrillos de la casa de Evelin.

Mateo salió de su casa a las 6 a.m. emocionado por la aventura y la diversión y no se equivocó. Tuvo un día fantástico. Se pintó hasta las pestañas, se tomó mil fotos y jugó a pintor, pero algo más profundo le ocurrió.

Mateo recibió la ayuda de Armando, un vecino del barrio, en ese justo momento en el que pensó que no podría pintar más, porque sus brazos estaban agotados. También conoció a Norma, una señora que se levanta a las 5 a.m. para preparar empanadas y venderlas al frente de su casa. Pudo notar como Norma y Armando se dan la mano y ayudan además a Evelin, que pasa tanto tiempo sola. Comieron juntos, trabajaron juntos y dejaron de ser unos extraños.

En el corazón de este estudiante de colegio de 16 años quedó rondando la idea de que levantarse todos los días con la única preocupación de cumplir con las notas del colegio y caerle bien a la niña que le gusta, es un privilegio; especialmente en un país donde abundan los niños como Evelin, que trabajan desde los 5 años y también estudian en escuelas donde los profesores reciben un pago insignificante por educar a grandes grupos de niños.

Evelin también se transformó. Llevaba toda su vida oyendo hablar mal de los ricos. De su egoísmo y orgullo. Sintiendo rabia cuando veía pasar esos carros último modelo que se pasean por la vía al mar, después de disfrutar de un fin de semana en la casa de campo.

Al momento de conocer a Mateo y sus amigos, Evelin, Armando y Norma, se olvidaron de los carros último modelo y las casa de campo, para reírse juntos de ese momento en el que el perro de la esquina se pintó la cola de azul y sostenerse la manguera mutuamente, para lavar la pintura de sus manos.

Los gestores de Terrón Coloreado tenemos todas nuestras esperanzas puestas en que el color sea más visible que el estigma. Cruzamos los dedos porque la loma colorida traiga turismo y con él oportunidades de negocio. Esperamos que el estado local deje de hacerse el de la vista gorda con su presencia en esta zona, ya que los ojos de la ciudadanía la están empezando a mirar de otra manera. Pero nada de eso lo podemos garantizar.

De lo que sí estamos seguros es que muchos de los habitantes de Terrón y sus barrios aledaños, así como los voluntarios de diferentes estratos, están empezando a valorar la posibilidad de encontrarse y mirarse a los ojos, de trabajar juntos dejando de lado las barreras sociales y económicas. También creemos que la vida, la lucha y la generosidad de muchos vecinos de la comuna 1 están inspirando a otros caleños para soñar en grande y sumar esfuerzos para hacer de Cali una ciudad mejor.

En Terrón Coloreado se toman muchas fotos y videos. Este registro audiovisual da cuenta de muchas de las maravillas de este proyecto. De las sonrisas, los abrazos, la energía y el entusiasmo de los voluntarios. Sin embargo, en esas fotos no está registrada mi transformación, esa que me ha permitido afianzar el valor de estar allí para otros, de sacar de la angustia a una mamá que no puede comunicarse con su hija, pues se le descargó el celular; de encontrar la extensión eléctrica que andaba perdida y con eso liberar un poco de estrés en el equipo organizador; de recordarme a mí misma que no se necesita tanto para vivir, pues los habitantes de la comuna 1 a veces son felices con muy poco; de compartir un domingo con tanta gente buena, en un país cuyo devenir político deja tanto que desear. Se ha transformado mi visión de los voluntarios jóvenes, que al comienzo me sacaban de quicio porque sentía que sólo querían jugar y ahora sé que tal vez es en ellos donde se está sembrando la semilla más fértil y duradera.

Terrón Coloreado me ha transformado en muchos sentidos y aunque a veces no cumpla con todas las tareas o me desespere y me enoje, no tengo palabras para agradecerle al maravilloso equipo que hace posible este proyecto y con él tantas oportunidades de transformaciones sutiles y duraderas.

A manera de homenaje a los voluntarios, los patrocinadores y todos los que hacen posible este proyecto, les dejo esta frase de Pepe Mujica: “Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo, Fui derrotado, aplastado y pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un sentido mayor de bondad”

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