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No tiene nada que decir. La mira fijo y siente sus ojos como punzones en el alma.

Ella siempre espera palabras, pero el sólo sabe tocarla.

Se despiden de cualquier manera y se lanzan a la calle lluviosa a buscar algún interlocutor que hable su mismo idioma.

Un café, mucho ruido, un par de chicas despechadas. Allí termina ella, escuchando las palabras de sus amigas que siempre tienen una explicación para todo: es muy inmaduro, seguro que tiene otra vieja, ese man no te valora y una larga lista de etcéteras.

Ropa por todos lados, una botella de guaro empezada y un frenesí de gemidos vacíos. Allí termina él, como un carro a control remoto que rebota contra una pared, intentando entregar un mensaje en la puerta equivocada.

Ambos pasan la noche en vela. A ambos los encuentra la primera luz del día mirando al techo, en medio de un absurdo desencuentro lingüístico entre melodía y letra.

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