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Paulina odia todo lo que ve: Las cortinas verdes, el carro viejo, la decoración pueblerina que se logra adivinar desde la ventana.

No soporta la idea de tener un intruso habitando el lugar en el que debería estar viviendo su sueño de amor eterno con Jacobo.

caja de zapatos

Cada vez que recorre esa calle se ve atropellada por la palidez del rostro de su amado al pronunciar el nombre de esa otra mujer, la torpeza y rabia con la que ella empacó lo poco que tenía a la mano, el letrero de ‘se arrienda’ y la horrorosa cortina que lo reemplazó.

Amplio salón, cortina mal colgada, colchón en el suelo, cajas dispuestas de manera desordenada, ropa regada por todo el lugar. Ese es el panorama que recibe a Marcos al llegar del trabajo. Decide sacudirse la angustia que le causa afrontar su cambio de vida y desempacar por fin, así termine de hacerlo a la madrugada.

Abre armarios y cajones con la intención darle un hogar a sus prendas, pero su ímpetu se viene abajo con un descubrimiento: una caja de zapatos abandonada. En principio la caja es sólo un argumento más de lo terrible que es mudarse, de cómo los inquilinos anteriores tienen el descaro de dejar su basura en el armario, pero unos segundos después el recipiente de cartón se convierte en un misterio, una perfecta excusa para dejar de lado el proyecto de desempacar.

Bajo la tapa una bufanda de mujer. Al levantarla, postales y cartas que lo hacen sentir como un voyeur. Se queda congelado un instante, duda, parpadea y con un gesto despreocupado decide romper esa barrera invisible entre su curiosidad y la vida de Paulina. Flores secas, declaraciones de amor, fotos de viajes en pareja conforman la primera capa de la caja, que logra colmar el cupo de romanticismo que tiene Marcos y lo convence de que el mejor destino para su descubrimiento es una bolsa de basura. Sin embargo, mientras desocupa el contenido de la caja unas fotos viejas acumuladas en el fondo llaman su atención.

La cámara fotográfica, su saco preferido, la cafetera italiana. Paulina estaría dispuesta a mandar todo eso a la mierda, pero no puede creer que Jacobo se haya quedado con su caja de recuerdos, especialmente teniendo en cuenta que siempre le pareció una cursilería. Suma una más a la larga lista de llamadas sin respuesta y abre su correo electrónico nuevamente, en búsqueda de alguna razón de su caja. Ni una palabra. Ella tiene claro su masoquista interés de escuchar la voz de Jacobo, pero es más grande el dolor que le causa la idea de perder para siempre su pequeña caja.

Unas 20 fotos cuadradas y descoloridas lo regresan a su pose de detective. Bebé en la bañera, grupo familiar, plaza de pueblo. Marcos se queda congelado al ver ‘su plaza’, la de la caída del árbol y los incontables besos del escondite americano, la misma en la que le quitaron los pantalones a Marquitos delante te todos…la plaza de su pueblo natal. Pasa rápidamente las fotos restantes y se detiene su corazón al encontrar un testimonio del famoso cumpleaños de ‘la gorda’, como conocían a Paulina los amigos del pueblo.

Gran pastel, música, piscina, vestido nuevo. Todo está listo para el gran día. Pasan las fotos, la canción de cumpleaños y Paulina cuenta los minutos para que los adultos se entretengan y lleguen por fin los juegos interesantes. Un círculo en el suelo, una botella, chicos y chicas alternados. Paulina sólo tiene ojos para uno. La botella para por fin de girar y ella no puede creer su buena suerte. A la pregunta de sus invitados ella contesta ‘me atrevo’ y moja sus labios anticipando lo que viene. Cuando está de pie, lista para cumplir su sueño, le piden que bese con los ojos cerrados, para hacerlo más emocionante. Ella se ilusiona aún más y acerca lentamente su rostro a Marcos que la recibe con un pedazo de pastel. Se desata una estruendosa carcajada y ‘la gorda’ se aleja del grupo entre lágrimas.

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