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Saboreo cada instante de mi paseo en bicicleta: el canto de los pájaros, el verdeFoto tomada de http://www.fondolove.com/wallpaper/Mama-Jirafa.html intenso de las montañas colombianas, el golpe de la brisa en la cara; y como si el delicioso paseo fuera poco, la naturaleza me regala un espectáculo de ensueño: el galope de unas 10 jirafas que también parecen disfrutar mucho de las praderas de Manizales, mi ciudad natal. Cuál sería mi sorpresa al contemplar semejante maravilla allí, en medio de la cordillera de un país tropical tan lejano de las rojizas tierras de África…

Después de 5 meses de voluntariado en un recóndito pueblo del centro de Mozambique, soñaba con encontrarme de frente a los grandes animales, sentir en el tórax el paso de los elefantes, apreciar el poder del rey de la selva y contemplar la gracia de las jirafas. Con muy poco dinero en el bolsillo y plena confianza en la alineación de los astros, Andrés y yo salimos a la carretera a ‘pedir voleia’ como dicen los Mozambicanos, es decir, a esperar que el poder del dedo pulgar nos llevara al lugar indicado. Y así sucedió: nuestros dedos nos llevaron hasta el carro de una adorable pareja de zimbabuanos que viajan semanalmente a Mozambique y estaban dispuestos no sólo a llevarnos gratis todo el trayecto, sino a ayudarnos a conseguir un safari único por un precio increíble y prestarnos una carpa para dormir en un parque natural, en medio de macacos y felinos. Estábamos felices de encontrarnos con John y su esposa, a quienes la situación económica y política de Zimbabue les ha exigido enfrentarse a los choques culturales y a la diferencia de idioma (en Zimbabue se habla inglés y en Mozambique portugués) para buscar su sustento en tierras distantes.

Viajamos toda la tarde y no paramos de hablar de leones y jirafas. Cualquiera creería que en África basta asomarse a la ventana para apreciarlos, pero resulta que en Mozambique están prácticamente acabados. Una guerra civil de 15 años, llevó a sus habitantes a padecer el hambre suficiente para enfrentarse a un elefante en busca de proteína, de manera que los mataron casi todos: rinocerontes, felinos, micos e incluso las prehistóricas jirafas. El gobierno está trabajando por poblar nuevamente de grandes especies los parques naturales, pero eso toma tiempo y dinero, así que entretanto, hace falta viajar a los países vecinos para apreciar la grandeza de la fauna africana.

Siendo las 8 de la noche llegamos a la frontera con Zimbabue y yo preparé mi pasaporte y mis 35 dólares, que era lo que me habían dicho en el consulado que costaría mi entrada. Con toda la emoción del viaje y una amplia sonrisa, me acerqué al mostrador y le entregué mis documentos a la oficial de inmigración, que después de revisar mis datos y preguntarme mi nacionalidad me dijo: Los colombianos no pueden entrar. Así, nada más. Yo me quedé pasmada al frente del mostrador. Nuestros amigos zimbabuanos, que la conocían bien, tuvieron una amable conversación con ella en busca de posibles soluciones, pero todo fue inútil. La única opción era viajar a Beira, una ciudad de Mozambique a 6 horas de la frontera y averiguar en el consulado si me permitían tramitar allí mi visa.

Andrés y yo nos despedimos con tristeza de la dulzura de John y su esposa y emprendimos el viaje en busca del visado. A las 9 p.m nos subimos a una tractomula cualquiera, sin saber si podíamos confiar en el hombre de 100 kilos que iba al volante, que además nos sugirió que conversáramos con él para mantenerlo despierto. Yo no logré comprender sus palabras, pues hablaba principalmente shona, la lengua nativa de Zimbabue y un poco de inglés con un marcado acento africano, así que decidí dormir. Andrés asumió el reto de cuidar mi integridad y de paso tejer 6 horas de conversación, con todo y los impedimentos que representaban la diferencia de acentos, el ruido del motor y la dificultad de encontrar temas en común. Gracias a él, llegamos a nuestro destino sin engordar las nutridas estadísticas de camiones volcados en las carreteras mozambicanas.

El puerto de Beira nos recibió por fin a las 3 de la mañana y yo contaba los minutos para llegar a una cama. La tractomula se detuvo en una calle oscura y solitaria y el camionero nos advirtió que debíamos tener mucho cuidado, pues esa era una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Pero por disposiciones de tránsito, él no podía avanzar más. Llamamos un taxi y lo esperamos ansiosos, tomando con fuerza todas nuestras maletas. Vimos que se aproximaba un carro blanco, sin ninguna identificación de servicio público y nos montamos confiando que estaríamos más seguros adentro que afuera. Allí, en las afueras de la ciudad de Beira, comenzó una nueva travesía.

Por causa de una reunión diplomática, todos los hoteles de la ciudad estaban copados. Recorrimos en ese taxi 10 hospedajes de todas las calañas, resignados a dormir entre pulgas o con el molesto sonido de los vecinos en plena faena nocturna, pero no encontramos ninguna habitación libre. Hubiésemos dormido en la playa, recostados en las maletas, si no fuera porque el taxista subrayó con vehemencia que sería una experiencia peligrosa y desagradable. Tal sería la desesperación pintada en nuestros rostros que después de un par de llamadas, el conductor consiguió que un amigo suyo nos rentara el apartamento de su hermano. Nadie podría enterarse y debíamos salir antes de medio día dejando todo intacto, pero nada de eso importaba, necesitábamos a gritos una cama. Llegamos a un edificio de 15 pisos, completamente devastado por la guerra, como muchas construcciones mozambicanas. Paredes peladas, escaleras mugrosas y ascensores inservibles, constituyen el panorama usual de las ciudades de ese país, donde el conflicto armado terminó hace más de una década, pero aún se siente en el aire.

El taxista nos advierte que el apartamento no está en los pisos bajos y yo ni siquiera pregunto cuántos escalones nos esperan. Con 20 kilos de equipaje a nuestras espaldas, nos preparamos para la batalla contra las alturas. Cada peldaño empeora la experiencia. Huele a orines, las paredes están manchadas y llenas de grafitis, las puertas de los apartamentos están precedidas por rejas y yo comienzo a imaginar en qué clase de antro pegaré los ojos por un par de horas. En el décimo piso mi espíritu se quiebra, no quiero subir más. Me duelen las piernas, la espalda, me falta el aire y estoy a punto de derramarme en lágrimas. ‘Sólo faltan cuatro’ dice el taxista muy orondo y yo no sé si reírme o sembrarle una bofetada. Andrés me dedica una sonrisa y unas palabras de aliento y decido seguir.

Nos encontramos por fin con la puerta del dichoso apartamento y nos preparamos para lo peor; pero nos llevamos una grata sorpresa. El lugar está limpio y medianamente organizado, tiene una ducha y un sanitario soportables y una cama que no parece oler mal. Nos lavamos los dientes y la cara, extendemos una tela encima del tendido y caemos muertos con la esperanza de que esos 120 minutos de sueño se lleven lejos la pesadilla que hemos vivido en las últimas horas. Viene la luz del día con una nueva esperanza y me levanto con mucha energía para mi visita al consulado. Nos bañamos rápidamente y salimos a la calle, en busca de un taxi que nos acerque a la visa, a las cataratas Victoria, a las jirafas…

Llego con mi reluciente sonrisa y mi pasaporte en mano. La mujer que me atiende me pregunta mi nacionalidad, revisa unos papeles y me dice que sí me pueden dar permiso de entrada ¡¡¡yupiiii!!!, pero se demora mínimo dos semanas…toda la travesía fue en vano. Mi vuelo de salida de Mozambique será en 9 días y es imposible aplazarlo. Me frustro, me enfurezco y le reclamo que un funcionario de esa oficina me había dicho que bastaba ir a la frontera con mis documentos y un poco de dinero para pisar Zimbabue. Me pregunta si fue un hombre el que contestó mi llamada y tras mi respuesta afirmativa, me explica que era el conductor del consulado, que no está muy bien informado. Me dice que las visas para los colombianos las tienen que expedir en la capital del país, así que deben enviar mi pasaporte por correo, gestionar el trámite que a veces es bastante demorado y mandar de nuevo mis papeles al consulado en Mozambique. Adiós fauna africana, adiós vacaciones soñadas.

El maravilloso paseo en bicicleta con el que comencé este relato ocurrió en sueños, tres meses después de mi regreso de Mozambique y terminó con la siguiente frase: ¡Que curioso!, no vi jirafas en África, pero sí en Manizales.

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