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Ocurre a veces que las vacaciones, los paseos, los recorridos, resultan ser además viajes internos. Algo conspira para que cada calle desconocida, cada rostro novedoso, cada minuto de espera en un bus o en aeropuerto, nos lleve a dar un paso más al interior de nuestras mentes, nuestras almas o lo que quiera que haya detrás  del cascarón.

En circunstancia aún más especiales, ese viaje interno puede alejarnos tanto del exterior que nos deja perdidos en medio de la nada. A veces volvemos de un pueblo desconocido o de un país lejano, sintiéndonos extraños en el mundo que habíamos dejado, pero con la certeza de que tampoco quedó nuestro lugar en la cabaña de la playa o en la casa de las montañas. Ocurre que nos quedamos huérfanos; con la comodidad extraviada en la banda transportadora del aeropuerto o en las 7 horas que tardamos estancados frente a un derrumbe en la carretera de un país tercermundista.

De algún lugar viene una picazón en el interior, un montón de preguntas sin respuesta, un imaginarse la vida de otra forma y de otra y de otra, hasta que ya no se sabe cuál es el límite entre la fantasía y el proyecto. Y tienen las estaciones de trenes, las paradas de buses, las salas de espera una suerte de pararrayos a la inversa, que atrae esas piquiñas y esos cuestionamientos; se encuentra el viajero sentado plácidamente, contemplando el lugar desconocido cuando de repente llegan a él esas preguntas como flechas y le dejan pinchada, herida, cambiada, su concepción de la vida, de lo que ha sido y podrá ser.

Es esta y no otra la razón por la cual las playas del pacífico están llenas de europeos y los pequeños pueblos colombianos de gringos extraviados. No se trata de un encanto particular de estas tierras, ni de la gente con su adorable acento, es simplemente el efecto devastador de las flechas, de las piquiñas que los atacaron de repente mientras se tomaban la foto frente a la fuente de la plaza. Después del flashazo en los ojos piensan que el mundo del que habían venido ya no les es propio y en un momento como esos, en los que se extravió la mesa donde se pone el portarretratos, donde la planta del balcón se siente ajena y hasta las cuentas por pagar parecen de otro, cualquier lugar da igual, para qué empacar de nuevo la maleta.

A veces, el viajero envenenado sufre de terquedad y vuelve. Se empeña en colgar de nuevo sus chaquetas y bufandas y se obliga a sí mismo a sentirse en casa. Pero como gesto de que sobreviven en su interior la incomodidad y el vacío, amplía una foto de su viaje, con un cielo muy azul y muy muy grande, que le recuerda que desde el momento en el que lo atravesó la flecha, vive en la nebulosa, con la percepción  patas para arriba y la cotidianidad llena de preguntas. Ese árbol de fondo, esa playa, ese extraño edificio, le recuerda que alguna vez emprendió un viaje que lo dejó parado al borde de la nada, en la oscuridad de su mente. Algunos dan un paso más allá, hacía el vacío, otros tantos ponen muy juntos los pies y allí se quedan.

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Un pensamiento en “El síndrome del viajero

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