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Tic, tac, tic tac. Martilla el sonido de las manecillas, pero nunca llega el riiiinnnnggg característico de tantos años de amaneceres atareados. Igual la alarma ya viene por dentro, de manera que con los primeros rayos de luz el sueño se hace tenue. A las siete de la mañana, ya le pesan las cobijas y le pica la pijama, pero está cansada de enfrentar las largas horas del día desde tan temprano, así que se esfuerza por practicar el odioso deporte favorito de Tomás: Hacer pereza en la cama.

Prepara el desayuno con calma mientras se aguanta el chismorreo de los programas de variedades. Recuerda con nostalgia la necesidad de limpiar el desastre que hizo el perro en la alfombra de la sala; las largas discusiones matutinas con quien fuera su compañero de cama; las loncheras, los pañales; la tediosa labor de tender las camas; todo lo que tanto le pesaba.

Hace las primeras llamadas del día, para comprobar que Beatriz y Tomás sobrevivieron la noche, los peligros de las calles capitalinas, las necesidades alimenticias no suplidas por su devota madre. No obtiene respuesta de la niña y el nené le cuelga desesperado tras algunos minutos de preguntas sobre la limpieza de su hogar.

Se tranquiliza un poco al recordar que es martes, día de arte country. Su antiguo disgusto por las manualidades ha sido desplazado por la posibilidad de compartir historias con otras madres jubiladas. Después de mucha insistencia de sus vecinas y parientas, aceptó asistir a una de esas clases y tras unos meses encontró tal encanto en ellas que decidió tomar algunas lecciones extra y llenar con los productos de las mismas, los árboles navideños de toda la familia. Arte country en la cocina, en el baño, en el servilletero, en la mesa de la sala, cajas y adornos infantiles, como alternativa al vailum.

Biiiip. Mensaje de texto. !¿De Rodrigo?! Trata de abrirlo con el pulso quebrado. Los tres años de distancia no han sido suficientes para deshacerse de los temblores que vienen con siquiera mencionar su nombre. ¿Amor? quién lo sabe. Múltiples lustros concentraros en los niños les hicieron olvidar lo que algún día los unió. Pregunta por Beatriz, lleva varios días sin recibir noticias de su adorada niña. Ella se muerde las uñas, no sabe si de angustia o de rabia. Siempre se queda esperando al menos un caluroso saludo o algún síntoma de preocupación por el curso de su vida, pero el contacto se limita a proveer información sobre su único tema común: sus dos retoños.

Beatriz ha estado muy ausente, muy callada. Dice que tiene pruebas en la universidad, que está estresada, pero nunca había pasado tanto tiempo sin sostener una tendida conversación con su madre. “Así se ponen cuando se van. Ya no quieren saber nada de la casa” dicen sus amigas de la clase de arte country, pero ella no se explica cómo un sólo semestre la ha distanciado tanto de su dulce niña. Todo el estrés de las tareas del colegio lo vivieron juntas; los dos novios pasaron primero por el filtro de la madre y lloraron juntas la partida de esos miserables; la peluquería; las citas donde el médico; la selección del vestido perfecto para la fiesta del club; todo estaba en sus manos. Pero ahora recibe un “sí mamá, ya te dije que todo está bien. Luego hablamos que estoy muy ocupada”.

Marca de nuevo el número de Bety. Después del tono grabe su mensaje Piiiip. No da respuesta a la pregunta del padre. Hace un poco de yoga para olvidar que el no saber nada de su hija, la hace sentir culpable.

Por fin llega la hora de pintar objetos inútiles y distraerse de su inevitable rol de madre. Cuando está embadurnada de pintura y atareada con la decisión entre un pincel plano y uno puntudo, suena el teléfono.

Se retira del salón y se olvida de que se puede secar la pintura e impedir que se logre el efecto deseado. ¡¡La niña está llorando!! Sí mi amor, me puedes contar, tu sabes que sí. Seguro tuvo una pelea con una amiguita de la universidad o se siente sola en la gran ciudad. Cualquier cosa, ya te lo dije, para eso soy tu mamá. ¡¿Novio?! ¡¿pero si nunca lo habías mencionado?!. No me estoy ofuscando, es sólo que me sorprende que ya no compartas tus cosas conmigo. Está bien, no me desvío del tema. ¿Qué pasó con él? ¿terminaron?. Ok, te dejo hablar…mmm. Largo silencio seguido de cariñosas palabras de aliento.

Cuelga el teléfono con lágrimas en los ojos. Duele saber cómo ha crecido su niñita, pero le vuelve el alma al cuerpo al sentirse indispensable nuevamente para su adolescente y embarazada hija.

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