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Sexta novena y nada!. A esta altura, ya ha dejado de ser atractiva la natilla y se han explorado las habilidades buñuelísticas de familiares, amigos y vecinos. Avanza diciembre y las luces intermitentes hacen imposible olvidar que hay tareas pendientes; que aún no se han tachado de la lista de regalos a personajes claves como la novia, el suegro y la hermana.

Los catálogos de maquillaje y las clásicas cajas de pañuelos han sido útiles para salir del paso con algunos presentes, pero repetir es inadmisible con otros sujetos más sensibles. Pedir consejos no es siempre una buena idea, porque pueden llevar a rebosar el presupuesto o poner en evidencia el escaso conocimiento de las expectativas de los seres queridos.

Los regalos, que son causantes de tanto estrés en las épocas decembrinas, podrían ser el resultado de un espontáneo deseo de usar un artículo como el vehículo para demostrar el aprecio por alguien; o sorprender con aquello que ha sido objeto de deseo por largo tiempo; o permitir que un detalle inesperado y desinteresado ilumine un rostro en un día cualquiera. Pero las navidades, los cumpleaños, los días de las madres y todas las ocasiones que suponen la distribución de presentes a diestra y siniestra les han robado la magia, el encanto y la sorpresa a los regalos.

Es una fortuna que aún existan los románticos. Los que envían por correo una carta manuscrita en agosto o aparecen con una botella de vino en un almuerzo de miércoles, los que se dejan cautivar por un sombrero de fieltro que su padre ha admirado siempre en las películas antiguas y se lo llevan un domingo en la mañana. Ojalá algún día se multipliquen aquellos que han entendido que la sorpresa y la intención sí importan, contrario a lo que pregonan los anuncios publicitarios.

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Un pensamiento en “El extraviado encanto de los regalos

  1. No sólo se ha perdido el encanto que tenían antes los regalos… Este encanto se ha ido reemplazando por una necesidad compulsiva de dar algo, por el simple hecho de dar, sin pensar muchas veces en lo que realmente quiere la otra persona o simplemente creyendo estúpidamente, que el regalo más costoso lleva consigo más felicidad, cuando muchas veces sucede todo lo contrario… La emoción de hacer un regalo, de preparar una sorpresa producto de mezclar ingenio y materiales artesanales se desprecia, porque en ningún lado aparece el precio ni mucho menos se tiene en cuenta el cariño o el amor con el que se prepara un empaque que nos hace sentir que un simple regalo, es para nosotros la mejor manera de entregar todo un sentimiento… Extraño los tiempos en los que en época de Amor y Amistad, se entregaba el alma en una tarjeta o en un chocolate y eso valía más que nada en el mundo…

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