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Se vino al suelo de estruendosa manera en medio del salón, con crema y flores azucaradas embarradas en sus labios rojísimos, vestido blanco, escote profundo y cabellera mona. Naufragaron en el licor su celebración perfecta y sus fotos de revista. Nada más importaba porque todos saben que cuando se acaba el pastel, termina la dicha. No soñaba el despertar entre los brazos sudorosos de su amado, el teléfono sonando mientras se derrama la leche y él está plantado frente a la tele, no soñaba con los eternos domingos de no hacer nada más que verle la pinta de macho sin bañar, tampoco esperaba un marido de cuento, un oasis en el gran desierto; los conoce demasiado para saber que hay cosas que vienen pegadas a ese aparato.
Esperaba dos posibles finales para esta historia: ruidoso rompimiento o infelicidad perpetua, de manera que su única ilusión era la fiesta, esa que deja imágenes memorables que sirven de refugio en cualquiera de los dos casos. Con todo, pudo más la euforia que motivó un brindis tras otro: por el amor, por la familia ausente, por las tetas que le negó Dios y le concedió algún fulano del pasado, por los amigos siempre firmes en tragas y en desengaños, por la vida y el cuerpo que tanto ha disfrutado y por ser hoy la flamante novia vestida de blanco, aunque sus parientes y vecinos aún lo conozcan como Armando.

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Se vino al suelo de estruendosa manera en medio del salón, con crema y flores azucaradas embarradas en sus labios rojísimos, vestido blanco, escote profundo y cabellera mona. Naufragaron en el licor su celebración perfecta y sus fotos de revista. Nada más importaba porque todos saben que cuando se acaba el pastel, termina la dicha. No soñaba el despertar entre los brazos sudorosos de su amado, el teléfono sonando mientras se derrama la leche y él está plantado frente a la tele, no soñaba con los eternos domingos de no hacer nada más que verle la pinta de macho sin bañar, tampoco esperaba un marido de cuento, un oasis en el gran desierto; los conoce demasiado para saber que hay cosas que vienen pegadas a ese aparato.

Esperaba dos posibles finales para esta historia: ruidoso rompimiento o infelicidad perpetua, de manera que su única ilusión era la fiesta, esa que deja imágenes memorables que sirven de refugio en cualquiera de los dos casos. Con todo, pudo más la euforia que motivó un brindis tras otro: por el amor, por la familia ausente, por las tetas que le negó Dios y le concedió algún fulano del pasado, por los amigos siempre firmes en tragas y en desengaños, por la vida y el cuerpo que tanto ha disfrutado y por ser hoy la flamante novia vestida de blanco, aunque sus parientes y vecinos aún lo conozcan como Armando.

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3 pensamientos en “Naufragio

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