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Se me agotan las esperanzas con los castigos / que me estás dando / no estoy mintiendo / con lo que digo…mano firme en la espalda, rostros que no se separan, caderas que se encuentran y se rozan, movimientos al mismo tiempo contundentes y agraciados, roce ocasional de los labios, siempre sin beso, múltiples miradas externas, seguidas de conversaciones susurradas y expresiones de admiración.tacones_rojos

Ver a una pareja como ésta desplazándose por la pista tiene un encanto especial, pues resulta una experiencia cercana al voyerismo esa de presenciar el roce de las piernas; la mano en la cadera casi casi en la nalga; las miradas profundas; el sudor que recorre la espalda destapada de ella, de esa mulata vestida de rojo beso; la manera como él la busca y la separa.

Llegan juntos pero no revueltos y se sientan en la mesa de la esquina, esa que ocupan desde hace varios sábados, unas veces solos, otras con un par de conocidos, amantes, viejos amigos, quién lo sabe, simplemente beben juntos, se ríen un rato, y parecen simples mortales hasta que se roban la pista y con ella todas las miradas.

Esa noche no fue diferente, no parecía diferente, pidieron media botella de ron, 2 copas, nada de hielo, nada de limón, nada de agua, sólo ron para la sed de pasión que deja el baile, ella hipnotizó desde la entrada, como cada fin de semana, con su vestido corto y ceñido, unas veces rojo, otras floreado, pero siempre con todo el sabor del trópico, del cebiche de camarón, del jugo de borojó; él siempre adelante, siempre serio y altivo, siempre de zapatos brillantes y camisa blanca, todo parecía anunciar un sábado tradicional.

Hablaron mucho, demasiado para quienes esperaban el espectáculo espontáneo y gratuito que daban en la pista de Timbalero, se miraron con insistencia, bebieron más rápido de lo acostumbrado y de repente ella se levantó, con el mismo garbo que la llevaba hacia la pista cada fin de semana, pero esta vez con un poco más de brío, tal vez de rabia; atravesó el lugar frente a las expectantes miradas de los clientes de siempre y salió sola, como nunca.

Se escuchó un corto falso silencio, falso porque retumbaban los timbales en las paredes y ventanas, pero ninguno de los bailarines improvisados repetía la letra de la canción, por un segundo nadie gritó, ni susurró, nadie estornudó, nadie pidió una cerveza o una media de ron…Un instante después volvieron la vida y la bulla, y la presencia de él se desvaneció en la multitud, ya no fue más ‘el hombre’ de la mesa de la esquina, sino uno más, de esos tantos que ahogan en la salsa y el licor sus tensiones cotidianas, que visitan el bar buscando esa chispa extraviada, ese aliento vital que se queda pegado de las paredes de las oficinas y en las ventanas de los buses, uno más con zapatos brillantes y camisa blanca.

Un mes después, por supuesto un sábado, ella volvió, de nuevo mágica y viva, pero sola. Se acercó a la barra y por primera vez regaló su voz, la sacó del misterio para preguntarle al barman por él. Tampoco ha vuelto. Ella se despidió con un ‘gracias’ que pareció salirle de las entrañas, un susurro profundo y doloroso. Atravesó la pista, empezó a subir las escaleras, se detuvo un instante y regresó decidida a la barra, pidió un lapicero y uno de esos papelitos de complacencia, tan comunes en los bares de tradición, no llenó los campos de los datos personales, sólo escribió Triste y vacía, y se marchó. Alfredo, el barman de turno, dejó el papel de complacencia debajo del vidrio de la barra, donde aún reposa, tostado y amarillento, esperando que el que alguna vez tuvo la magia entre sus brazos, vuelva a ocupar la mesa de la esquina.

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Un pensamiento en “No parecía diferente

  1. La salsa ha contenido siempre esa intensidad. Esa que combina la tristeza en las letras y la sensualidad en el baile, algo así como una saudade perfeccionada, o menos mental.

    El amor… Bueno, ese siempre tendrá la intensidad adecuada.

    Muy buen texto. Gracias.

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