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Mismo saco, mismo pantalón, mismos zapatos y la camisa ni se nota, de manera que lo único que diferencia el martes del viernes, es la corbata. Inútil pieza de tela que cuelga como un péndulo y genera cierta opresión en el cuello para recordarle al portador el peso de su cargo.

Esta foto es propiedad de gettyimages

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En medio de la imperante practicidad del mundo masculino, la importancia del uso de ese accesorio, inserta un toque de absurdo protocolo que parece decirle a los hombres: Aquel que esté dispuesto a ahorcarse con estilo, será un sujeto idóneo para desempeñar labores de gran responsabilidad.

Al igual que los altísimos tacones, las corbatas ponen en un lugar especial de la sociedad a los sujetos dispuestos a sacrificar la comodidad en nombre de la buena apariencia. Vivimos en un mundo donde se canoniza a los mártires de la elegancia. La posibilidad de éxito se determinará entonces por el tamaño del armario que almacena zapatos capaces de elevar a las féminas por encima de la humanidad y de los cajones con ‘zogas’ de los más finos materiales y diversos colores.

Estamos llamados a adquirir elegantes elementos de tortura y el mercado nos los ofrece por montones…torturaos y sereis exitosos.

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