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“Déjese querer, que eso no duele”, frase manida, agotada de andar por bocas de inconcientes que nunca han aceptado que duele; duele mucho y de muy diversas maneras: por exceso y por defecto, cuando viene en el momento inapropiado, cuando se sabe a ciencia cierta que hay más cariño de un lado que del otro, cuando se atasca en el esternón y dificulta la salida de las palabras. Duele.

El cariño, esa sustancia escurridiza que se presenta en los lugares más insospechados, que ataca por igual a testarudos y frágiles, que toma la forma del recipiente en el que se deposite, sea amistad, noviazgo o hermandad, resulta ser un pegamento difícil de categorizar y de cuantificar, pese a que los mortales insistimos en asignarle tamaños, distancias y otras reglas de comparación.

Cuándo se acaba, en qué momento cambia, para dónde se va cuando nos abandona, mmmm, cuestiones complicadas, preguntas que pellizcan todos los días a Elmer y a Claudia, a Sergio y a Felipe, a todos esos oídos que se van a la cama sin el riiingg de un teléfono y que tal vez al día siguiente despiertan con flores.

Hay en este mundo cariños que parecieran ser  bombillos ahorradores, de los que alumbran incansablemente con esa luz que no es suficiente para leer, ni tan escasa para no ver; cariños que pueden llegar a pasar inadvertidos porque no explotan, no arden, no se mueren, ni se atascan. Existen por el contrario esos que están emparentados con las luces intermitentes que adornan el árbol de navidad, pues nos sorprenden con distintos ritmos y colores, a veces parecen haberse ido, pero vuelven, y cada tanto, se les funde un bombillo que los deja congelados, con apariencia de difuntos, pero si el interesado revisa con calma, puede que encuentre ese pequeño globito de vidrio que ha fallado, lo cambie y todo vuelva a la no-normalidad, a prender y apagar.

No es fácil explicar la razón por la que tenemos una permanente inquietud por ese pegamento al que le hemos dado tantos nombres: cariño, amor, apego; el motivo por el que frases como “no me vuelvo a enamorar”, “te voy a dejar de querer” o “lárguese que no la quiero ver”, palidecen bajo los diferentes tipos de luces que ofrece el hecho de querer…

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2 pensamientos en “Inexplicable apego al pegante

  1. Marce, la historia de este ensayo o blog me toca de alguna manera, en las palabras que usas veo las huellas del paso de esa “sustancia pegajosa” por mi vida y hasta creo tener la sensacion de mantener una bombilla de luz amarillenta y latosa aun encendida para ti. Como caminar por la calle de noche bajo la luz de las farolas, asi andan muchos sin saber que a la luz de otros aman y dejan amarse, o dejan de hacerlo. De cualquier forma nunca olvido y bueno, estoy orgulloso de que seamos amigos.

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