Archivos Mensuales: noviembre 2011
Sueño con jirafas – una historia de la vida real
Saboreo cada instante de mi paseo en bicicleta: el canto de los pájaros, el verde
intenso de las montañas colombianas, el golpe de la brisa en la cara; y como si el delicioso paseo fuera poco, la naturaleza me regala un espectáculo de ensueño: el galope de unas 10 jirafas que también parecen disfrutar mucho de las praderas de Manizales, mi ciudad natal. Cuál sería mi sorpresa al contemplar semejante maravilla allí, en medio de la cordillera de un país tropical tan lejano de las rojizas tierras de África…
Después de 5 meses de voluntariado en un recóndito pueblo del centro de Mozambique, soñaba con encontrarme de frente a los grandes animales, sentir en el tórax el paso de los elefantes, apreciar el poder del rey de la selva y contemplar la gracia de las jirafas. Con muy poco dinero en el bolsillo y plena confianza en la alineación de los astros, Andrés y yo salimos a la carretera a ‘pedir voleia’ como dicen los Mozambicanos, es decir, a esperar que el poder del dedo pulgar nos llevara al lugar indicado. Y así sucedió: nuestros dedos nos llevaron hasta el carro de una adorable pareja de zimbabuanos que viajan semanalmente a Mozambique y estaban dispuestos no sólo a llevarnos gratis todo el trayecto, sino a ayudarnos a conseguir un safari único por un precio increíble y prestarnos una carpa para dormir en un parque natural, en medio de macacos y felinos. Estábamos felices de encontrarnos con John y su esposa, a quienes la situación económica y política de Zimbabue les ha exigido enfrentarse a los choques culturales y a la diferencia de idioma (en Zimbabue se habla inglés y en Mozambique portugués) para buscar su sustento en tierras distantes.
Viajamos toda la tarde y no paramos de hablar de leones y jirafas. Cualquiera creería que en África basta asomarse a la ventana para apreciarlos, pero resulta que en Mozambique están prácticamente acabados. Una guerra civil de 15 años, llevó a sus habitantes a padecer el hambre suficiente para enfrentarse a un elefante en busca de proteína, de manera que los mataron casi todos: rinocerontes, felinos, micos e incluso las prehistóricas jirafas. El gobierno está trabajando por poblar nuevamente de grandes especies los parques naturales, pero eso toma tiempo y dinero, así que entretanto, hace falta viajar a los países vecinos para apreciar la grandeza de la fauna africana.
Siendo las 8 de la noche llegamos a la frontera con Zimbabue y yo preparé mi pasaporte y mis 35 dólares, que era lo que me habían dicho en el consulado que costaría mi entrada. Con toda la emoción del viaje y una amplia sonrisa, me acerqué al mostrador y le entregué mis documentos a la oficial de inmigración, que después de revisar mis datos y preguntarme mi nacionalidad me dijo: Los colombianos no pueden entrar. Así, nada más. Yo me quedé pasmada al frente del mostrador. Nuestros amigos zimbabuanos, que la conocían bien, tuvieron una amable conversación con ella en busca de posibles soluciones, pero todo fue inútil. La única opción era viajar a Beira, una ciudad de Mozambique a 6 horas de la frontera y averiguar en el consulado si me permitían tramitar allí mi visa.
Andrés y yo nos despedimos con tristeza de la dulzura de John y su esposa y emprendimos el viaje en busca del visado. A las 9 p.m nos subimos a una tractomula cualquiera, sin saber si podíamos confiar en el hombre de 100 kilos que iba al volante, que además nos sugirió que conversáramos con él para mantenerlo despierto. Yo no logré comprender sus palabras, pues hablaba principalmente shona, la lengua nativa de Zimbabue y un poco de inglés con un marcado acento africano, así que decidí dormir. Andrés asumió el reto de cuidar mi integridad y de paso tejer 6 horas de conversación, con todo y los impedimentos que representaban la diferencia de acentos, el ruido del motor y la dificultad de encontrar temas en común. Gracias a él, llegamos a nuestro destino sin engordar las nutridas estadísticas de camiones volcados en las carreteras mozambicanas.
El puerto de Beira nos recibió por fin a las 3 de la mañana y yo contaba los minutos para llegar a una cama. La tractomula se detuvo en una calle oscura y solitaria y el camionero nos advirtió que debíamos tener mucho cuidado, pues esa era una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Pero por disposiciones de tránsito, él no podía avanzar más. Llamamos un taxi y lo esperamos ansiosos, tomando con fuerza todas nuestras maletas. Vimos que se aproximaba un carro blanco, sin ninguna identificación de servicio público y nos montamos confiando que estaríamos más seguros adentro que afuera. Allí, en las afueras de la ciudad de Beira, comenzó una nueva travesía.
Por causa de una reunión diplomática, todos los hoteles de la ciudad estaban copados. Recorrimos en ese taxi 10 hospedajes de todas las calañas, resignados a dormir entre pulgas o con el molesto sonido de los vecinos en plena faena nocturna, pero no encontramos ninguna habitación libre. Hubiésemos dormido en la playa, recostados en las maletas, si no fuera porque el taxista subrayó con vehemencia que sería una experiencia peligrosa y desagradable. Tal sería la desesperación pintada en nuestros rostros que después de un par de llamadas, el conductor consiguió que un amigo suyo nos rentara el apartamento de su hermano. Nadie podría enterarse y debíamos salir antes de medio día dejando todo intacto, pero nada de eso importaba, necesitábamos a gritos una cama. Llegamos a un edificio de 15 pisos, completamente devastado por la guerra, como muchas construcciones mozambicanas. Paredes peladas, escaleras mugrosas y ascensores inservibles, constituyen el panorama usual de las ciudades de ese país, donde el conflicto armado terminó hace más de una década, pero aún se siente en el aire.
El taxista nos advierte que el apartamento no está en los pisos bajos y yo ni siquiera pregunto cuántos escalones nos esperan. Con 20 kilos de equipaje a nuestras espaldas, nos preparamos para la batalla contra las alturas. Cada peldaño empeora la experiencia. Huele a orines, las paredes están manchadas y llenas de grafitis, las puertas de los apartamentos están precedidas por rejas y yo comienzo a imaginar en qué clase de antro pegaré los ojos por un par de horas. En el décimo piso mi espíritu se quiebra, no quiero subir más. Me duelen las piernas, la espalda, me falta el aire y estoy a punto de derramarme en lágrimas. ‘Sólo faltan cuatro’ dice el taxista muy orondo y yo no sé si reírme o sembrarle una bofetada. Andrés me dedica una sonrisa y unas palabras de aliento y decido seguir.
Nos encontramos por fin con la puerta del dichoso apartamento y nos preparamos para lo peor; pero nos llevamos una grata sorpresa. El lugar está limpio y medianamente organizado, tiene una ducha y un sanitario soportables y una cama que no parece oler mal. Nos lavamos los dientes y la cara, extendemos una tela encima del tendido y caemos muertos con la esperanza de que esos 120 minutos de sueño se lleven lejos la pesadilla que hemos vivido en las últimas horas. Viene la luz del día con una nueva esperanza y me levanto con mucha energía para mi visita al consulado. Nos bañamos rápidamente y salimos a la calle, en busca de un taxi que nos acerque a la visa, a las cataratas Victoria, a las jirafas…
Llego con mi reluciente sonrisa y mi pasaporte en mano. La mujer que me atiende me pregunta mi nacionalidad, revisa unos papeles y me dice que sí me pueden dar permiso de entrada ¡¡¡yupiiii!!!, pero se demora mínimo dos semanas…toda la travesía fue en vano. Mi vuelo de salida de Mozambique será en 9 días y es imposible aplazarlo. Me frustro, me enfurezco y le reclamo que un funcionario de esa oficina me había dicho que bastaba ir a la frontera con mis documentos y un poco de dinero para pisar Zimbabue. Me pregunta si fue un hombre el que contestó mi llamada y tras mi respuesta afirmativa, me explica que era el conductor del consulado, que no está muy bien informado. Me dice que las visas para los colombianos las tienen que expedir en la capital del país, así que deben enviar mi pasaporte por correo, gestionar el trámite que a veces es bastante demorado y mandar de nuevo mis papeles al consulado en Mozambique. Adiós fauna africana, adiós vacaciones soñadas.
El maravilloso paseo en bicicleta con el que comencé este relato ocurrió en sueños, tres meses después de mi regreso de Mozambique y terminó con la siguiente frase: ¡Que curioso!, no vi jirafas en África, pero sí en Manizales.
Las FARC los mataron, pero nosotros los olvidamos
La opinión pública se ha concentrado en muchos dilemas conceptuales a lo largo de los 13 años que llevaba secuestrado el coronel de la policía Edgar Yesid Duarte, asesinado el 26 de noviembre de 2011 por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC. Nos hemos preguntado si hay guerra o conflicto armado, si los retenidos son rehenes, prisioneros, secuestrados; y mientras tanto, policías y militares que perdieron su liberad en el ejercicio de su deber de proteger la patria, así como civiles inocentes víctimas de estre desastre humanitario, siguen en el olvido y el anonimato.
En el mundo se celebró con orgullo la liberación y rescate de los más notables: Ingrid Betancour, Clara Rojas, Moncayo que se hizo célebre gracias a los esfuerzos de su padre, Alan Jara, los tres norteamericanos y otro pequeño puñado de retenidos de ‘primera clase’. Claro que es una gran alegría que Clara se reúna con su hijo e Ingrid rompa las cadenas, pero aún quedan muchos más sin amigos poderosos ni nombres memorables por los que aún hay que marchar, pedir, recordar, exigir su libertad.
Los colombianos no compartimos los métodos de las guerrillas y desde hace mucho tiempo sentimos que sus fines de desdibujaron. Las FARC no son el ejército del pueblo, no representan los intereses de la mayoría y condenamos su sangrienta empresa. Indudablemente son los culpables de muchas atrocidades: tomas armadas, violaciones, crímenes a sangre fría, masacres, desaparición y muerte. Son también los únicos culpables del asesinato de Edgar Yesid Duarte, Libio José Martínez, Álvaro Moreno y Elkin Hernández Rivas. Todos ellos miembros de la fuerza pública, todos ellos privados de su libertad por más de una década. La responsabilidad de su muerte y su secuestro es sólo de la guerrilla, pero todos los colombianos hemos participado de un silencio cómplice que tiene a muchas familias en la desesperación y el olvido. El presidente Juan Manuel Santos les llamó ‘héroes de la patria’, ahora que el heroísmo no les sirve de nada, ahora que abandonaron este mundo sin contemplar de nuevo el rostro de sus hijos y sus esposas.
El conflicto colombiano es un complicado tira y afloje de poder y corrupción, y hay que reconocer que en los últimos meses se habían dado manifestaciones verbales por parte del gobierno del interés de buscar una salida negociada, pero mientras los ciudadanos dejemos que en nuestra cotidianidad se esfumen los rostros y nombres de quienes aún permanecen en la selva, será muy complicado que en ese tira y afloje salgan bien librados los secuestrados que no pertenecen a esa ‘primera clase’ de retenidos que le hacía incómoda la vida a los ministros y el presidente.
No seamos cómplices de la estratificación de las víctimas, unámonos a las luchas de quienes hoy recorren el país en motos y en buses, en la caravana por la libertad, pidiendo por el regreso al hogar de TODOS los secuestrados, sin distinción de condición social, de ‘civil o militar’, de reciente o antiguo. Como dice Bob Marley, mientras no desaparezcan las clasificaciones entre ciudadanos de primera y segunda clase y los derechos humanos no estén garantizados para todos, independientemente de la raza, en el mundo sólo habrá GUERRA.
Diatriba en contra de los muros
«La meta principal de la educación es crear hombres que sean capaces de hacer cosas nuevas no simplemente de repetir lo que otras generaciones han hecho; hombres que sean creativos, inventores y descubridores. La segunda meta de la educación es la de formar mentes que sean críticas, que puedan verificar y no aceptar todo lo que se les ofrece».
Jean Piaget
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El esqueleto metálico de un árbol de navidad de unos 25 metros de altura se convirtió en el estandarte de las consignas de protesta de estudiantes de todos los rincones de Colombia que se reunieron en la Plaza de Bolívar de Bogotá, el 10 de noviembre de 2011, para sacudir las entrañas del poder. Desde marzo, tras la presentación de la Ley 30 de reforma a la educación superior, las calles capitalinas se colmaron de bombas de pintura, graffiti, gritos, danzas, body painting y canciones en contra de la propuesta del gobierno, y como exigencia a una educación superior pública pertinente, de calidad y para todos. Infiltrados por bándalos y delincuentes, los movimientos estudiantiles enfrentaron muchas dificultades para hacer oír su voz y sus propuestas, a través de medios de comunicación que en principio sólo se concentraron en los disturbios; pero la persistencia y los argumentos tuvieron más fuerza y el gobierno nacional decidió retirar el proyecto de reforma. La Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) tiene consciencia de con esto se ganó una batalla, pero quedan muchas en el camino de derribar múltiples muros: El que separa a un gran porcentaje de la ciudadanía de la oportunidad de acceder a la educación superior, el que mantiene las aulas distanciadas de la realidad y los que encajonan a los alumnos en cadenas lineales de producción, similares a las de las industrias de zapatos o automóviles.
Las voces de protesta ya se han elevado en Túnez, Egipto, España, Irlanda, Grecia, Israel, Puerto Rico, Chile. Empleados, docentes, estudiantes y familias de todo el mundo se están golpeando contra los muros de las instituciones políticas, la corrupción, los modelos económicos y educativos. Y, contrario a lo que se podría intuir, esas voces no son siempre las de los marginados, pues incluso en Harvard, cuna de la élite económica, se siente la inconformidad. El 2 de noviembre de 2011, un grupo de 70 estudiantes se retiró en bloque de la cátedra de Introducción a la Economía, aduciendo que los contenidos dictados por Greg Mankiw, quien fue consejero del gobierno Bush, “contribuyen a profundizar el incremento en la inequidad en América” y diciendo que, dado que los egresados de Harvard juegan papeles fundamentales en instituciones financieras en todo el mundo, sus decisiones basadas en perspectivas obtusas de la situación mundial, pueden perjudicar el sistema financiero global. (Lea la carta abierta enviada al profesor Mankiwn en http://forum.davidicke.com/showthread.php?t=190968)
Tanto la carta de los alumnos de Harvard, como los carteles colgados en al árbol de navidad de la Plaza de Bolívar de Bogotá, le apuntan a una educación que deje de producir ‘otro ladrillo para el muro’, como dice la canción de Pink Floyd, y por el contrario contribuya a la formación de seres humanos “con capacidad de pensar por si mismos”, como lo decía John Stuart Mill al asumir como Rector de la Universidad de Saint Andrew. Desde las aulas, las familias, los periódicos y las calles todos podemos participar de esta larga lucha en contra de los muros.
Más sobre las protestas alrededor del mundo, la educación y sus muros:
http://viva.org.co/cajavirtual/svc0281/articulo02.html
http://manecolombia.blogspot.com/2011/10/documentos-base-de-la-mesa-amplia.html






