Regalo de cumpleaños*

Llueve. Nada raro en las frías montañas de Boyacá. Andresito se pone sus mejores pantalones y toma el bastón que le permite ver. Apaga el radio y emprende su viaje. Cinco kilómetros lo separan del mirador sonoro, como le dicen cariñosamente al estudio de Radio Semillas. A los conductores de buses y camiones les importa poco que Andresito se esté mojando y que vaya a tientas por el resbaladizo caño de la vía principal. A él lo conduce una ilusión: la de escuchar su nombre en la radio el día de su cumpleaños.
Pasa la mañana entre consolas y micrófonos. Se divierte teniendo tan cerca las voces que lo acompañan desde que se levanta hasta que llega la hora de dormir y disfruta las descripciones del hermoso paisaje que su limitación visual le impide disfrutar, ese de montañas de diversos tonos de verde como telón de fondo de un lindo pueblo de casas blancas y tejas de barro. Su trabajo voluntario una vez al año se ve recompensado con un saludo afectuoso del locutor de turno de la emisora comunitaria, con motivo de su cumpleaños. Termina su jornada y recorre de nuevo los 45 minutos de camino, enfrentándose a los riesgos de la carretera con su bastón como único aval.
Llega a casa cansado, pero contento. Extiende su mano hacia su pequeño aparato de pilas y no logra encontrarlo. Busca a tientas por toda la casa, pero sabe que sólo podría estar allí, al lado de la cama. Alguien abrió la ventana en su ausencia y se llevó su compañero fiel y el vehículo de su ansiado regalo de cumpleaños.

*Este cuento está basado en una historia real narrada por Guillermo Patiño , director de Radio Semillas, la emisora comunitaria de Tibasosa, Boyacá que resultó ganadora del Premio Nacional de Radio Ciudadana en la categoría ‘mejor emisora comunitaria’. Tras el impase sufrido por Andresito, la comunidad emprendió una campaña para recolectar fondos y comprar con ellos un nuevo compañero de pilas para el invidente más querido por el pueblo Tibasoseño. 

Más sobre Radio Semillas: http://www.radiosemillas.org/

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Feliz Navidad

Sueño con jirafas – una historia de la vida real

Saboreo cada instante de mi paseo en bicicleta: el canto de los pájaros, el verdeFoto tomada de http://www.fondolove.com/wallpaper/Mama-Jirafa.html intenso de las montañas colombianas, el golpe de la brisa en la cara; y como si el delicioso paseo fuera poco, la naturaleza me regala un espectáculo de ensueño: el galope de unas 10 jirafas que también parecen disfrutar mucho de las praderas de Manizales, mi ciudad natal. Cuál sería mi sorpresa al contemplar semejante maravilla allí, en medio de la cordillera de un país tropical tan lejano de las rojizas tierras de África…

Después de 5 meses de voluntariado en un recóndito pueblo del centro de Mozambique, soñaba con encontrarme de frente a los grandes animales, sentir en el tórax el paso de los elefantes, apreciar el poder del rey de la selva y contemplar la gracia de las jirafas. Con muy poco dinero en el bolsillo y plena confianza en la alineación de los astros, Andrés y yo salimos a la carretera a ‘pedir voleia’ como dicen los Mozambicanos, es decir, a esperar que el poder del dedo pulgar nos llevara al lugar indicado. Y así sucedió: nuestros dedos nos llevaron hasta el carro de una adorable pareja de zimbabuanos que viajan semanalmente a Mozambique y estaban dispuestos no sólo a llevarnos gratis todo el trayecto, sino a ayudarnos a conseguir un safari único por un precio increíble y prestarnos una carpa para dormir en un parque natural, en medio de macacos y felinos. Estábamos felices de encontrarnos con John y su esposa, a quienes la situación económica y política de Zimbabue les ha exigido enfrentarse a los choques culturales y a la diferencia de idioma (en Zimbabue se habla inglés y en Mozambique portugués) para buscar su sustento en tierras distantes.

Viajamos toda la tarde y no paramos de hablar de leones y jirafas. Cualquiera creería que en África basta asomarse a la ventana para apreciarlos, pero resulta que en Mozambique están prácticamente acabados. Una guerra civil de 15 años, llevó a sus habitantes a padecer el hambre suficiente para enfrentarse a un elefante en busca de proteína, de manera que los mataron casi todos: rinocerontes, felinos, micos e incluso las prehistóricas jirafas. El gobierno está trabajando por poblar nuevamente de grandes especies los parques naturales, pero eso toma tiempo y dinero, así que entretanto, hace falta viajar a los países vecinos para apreciar la grandeza de la fauna africana.

Siendo las 8 de la noche llegamos a la frontera con Zimbabue y yo preparé mi pasaporte y mis 35 dólares, que era lo que me habían dicho en el consulado que costaría mi entrada. Con toda la emoción del viaje y una amplia sonrisa, me acerqué al mostrador y le entregué mis documentos a la oficial de inmigración, que después de revisar mis datos y preguntarme mi nacionalidad me dijo: Los colombianos no pueden entrar. Así, nada más. Yo me quedé pasmada al frente del mostrador. Nuestros amigos zimbabuanos, que la conocían bien, tuvieron una amable conversación con ella en busca de posibles soluciones, pero todo fue inútil. La única opción era viajar a Beira, una ciudad de Mozambique a 6 horas de la frontera y averiguar en el consulado si me permitían tramitar allí mi visa.

Andrés y yo nos despedimos con tristeza de la dulzura de John y su esposa y emprendimos el viaje en busca del visado. A las 9 p.m nos subimos a una tractomula cualquiera, sin saber si podíamos confiar en el hombre de 100 kilos que iba al volante, que además nos sugirió que conversáramos con él para mantenerlo despierto. Yo no logré comprender sus palabras, pues hablaba principalmente shona, la lengua nativa de Zimbabue y un poco de inglés con un marcado acento africano, así que decidí dormir. Andrés asumió el reto de cuidar mi integridad y de paso tejer 6 horas de conversación, con todo y los impedimentos que representaban la diferencia de acentos, el ruido del motor y la dificultad de encontrar temas en común. Gracias a él, llegamos a nuestro destino sin engordar las nutridas estadísticas de camiones volcados en las carreteras mozambicanas.

El puerto de Beira nos recibió por fin a las 3 de la mañana y yo contaba los minutos para llegar a una cama. La tractomula se detuvo en una calle oscura y solitaria y el camionero nos advirtió que debíamos tener mucho cuidado, pues esa era una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Pero por disposiciones de tránsito, él no podía avanzar más. Llamamos un taxi y lo esperamos ansiosos, tomando con fuerza todas nuestras maletas. Vimos que se aproximaba un carro blanco, sin ninguna identificación de servicio público y nos montamos confiando que estaríamos más seguros adentro que afuera. Allí, en las afueras de la ciudad de Beira, comenzó una nueva travesía.

Por causa de una reunión diplomática, todos los hoteles de la ciudad estaban copados. Recorrimos en ese taxi 10 hospedajes de todas las calañas, resignados a dormir entre pulgas o con el molesto sonido de los vecinos en plena faena nocturna, pero no encontramos ninguna habitación libre. Hubiésemos dormido en la playa, recostados en las maletas, si no fuera porque el taxista subrayó con vehemencia que sería una experiencia peligrosa y desagradable. Tal sería la desesperación pintada en nuestros rostros que después de un par de llamadas, el conductor consiguió que un amigo suyo nos rentara el apartamento de su hermano. Nadie podría enterarse y debíamos salir antes de medio día dejando todo intacto, pero nada de eso importaba, necesitábamos a gritos una cama. Llegamos a un edificio de 15 pisos, completamente devastado por la guerra, como muchas construcciones mozambicanas. Paredes peladas, escaleras mugrosas y ascensores inservibles, constituyen el panorama usual de las ciudades de ese país, donde el conflicto armado terminó hace más de una década, pero aún se siente en el aire.

El taxista nos advierte que el apartamento no está en los pisos bajos y yo ni siquiera pregunto cuántos escalones nos esperan. Con 20 kilos de equipaje a nuestras espaldas, nos preparamos para la batalla contra las alturas. Cada peldaño empeora la experiencia. Huele a orines, las paredes están manchadas y llenas de grafitis, las puertas de los apartamentos están precedidas por rejas y yo comienzo a imaginar en qué clase de antro pegaré los ojos por un par de horas. En el décimo piso mi espíritu se quiebra, no quiero subir más. Me duelen las piernas, la espalda, me falta el aire y estoy a punto de derramarme en lágrimas. ‘Sólo faltan cuatro’ dice el taxista muy orondo y yo no sé si reírme o sembrarle una bofetada. Andrés me dedica una sonrisa y unas palabras de aliento y decido seguir.

Nos encontramos por fin con la puerta del dichoso apartamento y nos preparamos para lo peor; pero nos llevamos una grata sorpresa. El lugar está limpio y medianamente organizado, tiene una ducha y un sanitario soportables y una cama que no parece oler mal. Nos lavamos los dientes y la cara, extendemos una tela encima del tendido y caemos muertos con la esperanza de que esos 120 minutos de sueño se lleven lejos la pesadilla que hemos vivido en las últimas horas. Viene la luz del día con una nueva esperanza y me levanto con mucha energía para mi visita al consulado. Nos bañamos rápidamente y salimos a la calle, en busca de un taxi que nos acerque a la visa, a las cataratas Victoria, a las jirafas…

Llego con mi reluciente sonrisa y mi pasaporte en mano. La mujer que me atiende me pregunta mi nacionalidad, revisa unos papeles y me dice que sí me pueden dar permiso de entrada ¡¡¡yupiiii!!!, pero se demora mínimo dos semanas…toda la travesía fue en vano. Mi vuelo de salida de Mozambique será en 9 días y es imposible aplazarlo. Me frustro, me enfurezco y le reclamo que un funcionario de esa oficina me había dicho que bastaba ir a la frontera con mis documentos y un poco de dinero para pisar Zimbabue. Me pregunta si fue un hombre el que contestó mi llamada y tras mi respuesta afirmativa, me explica que era el conductor del consulado, que no está muy bien informado. Me dice que las visas para los colombianos las tienen que expedir en la capital del país, así que deben enviar mi pasaporte por correo, gestionar el trámite que a veces es bastante demorado y mandar de nuevo mis papeles al consulado en Mozambique. Adiós fauna africana, adiós vacaciones soñadas.

El maravilloso paseo en bicicleta con el que comencé este relato ocurrió en sueños, tres meses después de mi regreso de Mozambique y terminó con la siguiente frase: ¡Que curioso!, no vi jirafas en África, pero sí en Manizales.

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Las FARC los mataron, pero nosotros los olvidamos

La opinión pública se ha concentrado en muchos dilemas conceptuales a lo largo de los 13 años que llevaba secuestrado el coronel de la policía Edgar Yesid Duarte, asesinado el 26 de noviembre de 2011 por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC. Nos hemos preguntado si hay guerra o conflicto armado, si los retenidos son rehenes, prisioneros, secuestrados; y mientras tanto, policías y militares que perdieron su liberad en el ejercicio de su deber de proteger la patria, así como civiles inocentes víctimas de estre desastre humanitario, siguen en el olvido y el anonimato.
En el mundo se celebró con orgullo la liberación y rescate de los más notables: Ingrid Betancour, Clara Rojas, Moncayo que se hizo célebre gracias a los esfuerzos de su padre, Alan Jara, los tres norteamericanos y otro pequeño puñado de retenidos de ‘primera clase’. Claro que es una gran alegría que Clara se reúna con su hijo e Ingrid rompa las cadenas, pero aún quedan muchos más sin amigos poderosos ni nombres memorables por los que aún hay que marchar, pedir, recordar, exigir su libertad.
Los colombianos no compartimos los métodos de las guerrillas y desde hace mucho tiempo sentimos que sus fines de desdibujaron. Las FARC no son el ejército del pueblo, no representan los intereses de la mayoría y condenamos su sangrienta empresa. Indudablemente son los culpables de muchas atrocidades: tomas armadas, violaciones, crímenes a sangre fría, masacres, desaparición y muerte. Son también los únicos culpables del asesinato de Edgar Yesid Duarte, Libio José Martínez, Álvaro Moreno y Elkin Hernández Rivas. Todos ellos miembros de la fuerza pública, todos ellos privados de su libertad por más de una década. La responsabilidad de su muerte y su secuestro es sólo de la guerrilla, pero todos los colombianos hemos participado de un silencio cómplice que tiene a muchas familias en la desesperación y el olvido. El presidente Juan Manuel Santos les llamó ‘héroes de la patria’, ahora que el heroísmo no les sirve de nada, ahora que abandonaron este mundo sin contemplar de nuevo el rostro de sus hijos y sus esposas.
El conflicto colombiano es un complicado tira y afloje de poder y corrupción, y hay que reconocer que en los últimos meses se habían dado manifestaciones verbales por parte del gobierno del interés de buscar una salida negociada, pero mientras los ciudadanos dejemos que en nuestra cotidianidad se esfumen los rostros y nombres de quienes aún permanecen en la selva, será muy complicado que en ese tira y afloje salgan bien librados los secuestrados que no pertenecen a esa ‘primera clase’ de retenidos que le hacía incómoda la vida a los ministros y el presidente.
No seamos cómplices de la estratificación de las víctimas, unámonos a las luchas de quienes hoy recorren el país en motos y en buses, en la caravana por la libertad, pidiendo por el regreso al hogar de TODOS los secuestrados, sin distinción de condición social, de ‘civil o militar’, de reciente o antiguo. Como dice Bob Marley, mientras no desaparezcan las clasificaciones entre ciudadanos de primera y segunda clase y los derechos humanos no estén garantizados para todos, independientemente de la raza, en el mundo sólo habrá GUERRA.


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Diatriba en contra de los muros

«La meta principal de la educación es crear hombres que sean capaces de hacer cosas nuevas no simplemente de repetir lo que otras generaciones han hecho; hombres que sean creativos, inventores y descubridores. La segunda meta de la educación es la de formar mentes que sean críticas, que puedan verificar y no aceptar todo lo que se les ofrece».

Jean Piaget

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El esqueleto metálico de un árbol de navidad de unos 25 metros de altura se convirtió en el estandarte de las consignas de protesta de estudiantes de todos los rincones de Colombia que se reunieron en la Plaza de Bolívar de Bogotá, el 10 de noviembre de 2011, para sacudir las entrañas del poder. Desde marzo, tras la presentación de la Ley 30 de reforma a la educación superior, las calles capitalinas se colmaron de bombas de pintura, graffiti, gritos, danzas, body painting y canciones en contra de la propuesta del gobierno, y como exigencia a una educación superior pública pertinente, de calidad y para todos. Infiltrados por bándalos y delincuentes, los movimientos estudiantiles enfrentaron muchas dificultades para hacer oír su voz y sus propuestas, a través de medios de comunicación que en principio sólo se concentraron en los disturbios; pero la persistencia y los argumentos tuvieron más fuerza y el gobierno nacional decidió retirar el proyecto de reforma. La Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) tiene consciencia de con esto se ganó una batalla, pero quedan muchas en el camino de derribar múltiples muros: El que separa a un gran porcentaje de la ciudadanía de la oportunidad de acceder a la educación superior, el que mantiene las aulas distanciadas de la realidad y los que encajonan a los alumnos en cadenas lineales de producción, similares a las de las industrias de zapatos o automóviles.

Las voces de protesta ya se han elevado en Túnez, Egipto, España, Irlanda, Grecia, Israel, Puerto Rico, Chile. Empleados, docentes, estudiantes y familias de todo el mundo se están golpeando contra los muros de las instituciones políticas, la corrupción, los modelos económicos y educativos. Y, contrario a lo que se podría intuir, esas voces no son siempre las de los marginados, pues incluso en Harvard, cuna de la élite económica, se siente la inconformidad. El 2 de noviembre de 2011, un grupo de 70 estudiantes se retiró en bloque de la cátedra de Introducción a la Economía, aduciendo que los contenidos dictados por Greg Mankiw, quien fue consejero del gobierno Bush, “contribuyen a profundizar el incremento en la inequidad en América” y diciendo que, dado que los egresados de Harvard juegan papeles fundamentales en instituciones financieras en todo el mundo, sus decisiones basadas en perspectivas obtusas de la situación mundial, pueden perjudicar el sistema financiero global. (Lea la carta abierta enviada al profesor Mankiwn en http://forum.davidicke.com/showthread.php?t=190968)

Tanto la carta de los alumnos de Harvard, como los carteles colgados en al árbol de navidad de la Plaza de Bolívar de Bogotá, le apuntan a una educación que deje de producir ‘otro ladrillo para el muro’, como dice la canción de Pink Floyd, y por el contrario contribuya a la formación de seres humanos “con capacidad de pensar por si mismos”, como lo decía John Stuart Mill al asumir como Rector de la Universidad de Saint Andrew. Desde las aulas, las familias, los periódicos y las calles todos podemos participar de esta larga lucha en contra de los muros.

Más sobre las protestas alrededor del mundo, la educación y sus muros:

http://viva.org.co/cajavirtual/svc0281/articulo02.html

http://starviewer.wordpress.com/2011/11/18/maxima-indignacion-en-harvard-los-alumnos-de-la-catedra-de-introduccion-a-la-economia-de-la-universidad-harvard-exigen-nuevas-perspectivas-academicas/

http://manecolombia.blogspot.com/2011/10/documentos-base-de-la-mesa-amplia.html


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Los amorosos – Jaime Sabines

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

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Los sonidos, los rostros, los olores le resultan ajenos. Busca inútilmente entre esas fachadas coloridas, luminosas y desconocidas, algún vestigio de sí misma. Algo en lo recóndito de sus anhelos le hacía pensar que la ciudad la esperaría, congelada como un álbum de fotografías y le tendería los brazos ahora que tanto lo necesita.

Cuando se fue con el brillo de un anillo en su mano derecha y todas sus pertenencias empacadas en 5 maletas, tenía la certeza de que no extrañaría el árbol de mango, ni el pan de coco de la esquina, ni a sus compañeros de infancia.

Se sienta sola en la barra de un café que le resulta llamativo. Oye una voz que le arruga el alma y ve ese rostro que se asoma por encima de la máquina de capuchino. Los desamores y el cansancio han dejado su huella, pero detrás de todos esos años está él, escondido en algún lugar dentro de ese cuerpo con sobrepeso y esa coronilla despoblada.

Se miran y se sonríen despacio, como si la sonrisa tuviera que viajar a través de todos esos años para encontrarlos ahí, como dos extraños. Él se acerca y le da un beso en la mejilla, a ella el corazón se le quiere salir, pero lo oculta tras la risa serena y las  palabras pausadas. Ella no quiere hablar del clima ni del último escándalo de corrupción, pero le resulta inútil hacer la crónica de su vida.

Él le habla con entusiasmo de su negocio, del decorado, de las máquinas antiguas, del esfuerzo que representó dejarlo tal como lo había soñado. Le toma la mano para hacer el recorrido por el lugar y siente la cicatriz del anillo que se la llevó. Observa el dedo aquel, suspira y le dedica un gesto de comprensión.

Se toman un expreso, intercambian teléfonos y pasan varios minutos estancados en el silencio, mirándose desde dos extremos opuestos de ese largo puente que tejió el destino. Ella se levanta de la mesa con el corazón hecho una pasa, le da un amplio abrazo y sale del lugar con un viejo tango retumbándole por dentro.


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Homenaje a la desnudez

Imagen tomada de http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig/

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Los momentos más significativos de nuestro paso por el mundo están despojados de sombreros y corbatas, de brasieres y pantalones, por eso me pregunto de dónde viene nuestra obsesión por sepultarnos bajo múltiples capas de tela.

No hablo aquí de sentarnos en la misma silla del bus que acaba de abandonar una anciana sin calzones. Me refiero a hablarnos a ‘calzón quitado’, a mirarnos como rostros desnudos que es la forma como Gonzalo Arango define el amor, me pregunto por la desnudez y la libertad a la que Steve Jobs se refiere cuando habla de la sensación que le produce sentirse cerca de la muerte.

El fuerte y acelerado latido de un diminuto corazón es lo que ven las madres en la primera ecografía y sólo cuando éste se detiene los médicos oficializan el fin de la vida y a pesar de eso, los seres humanos nos pasamos la existencia ignorando los llamados de ese motor de vida. Pueden más las convenciones, las demandas impuestas por un modelo social occidental, científico y racional que desde hace tiempo demostró falsedad en sus promesas de bienestar infinito y generalizado. Nos habla más fuerte la angustia de no cumplir el objetivo recientemente trazado por vía racional que el latir que nos regaló la vida y un día nos la ha de quitar.

Hago aquí una oda a la desnudez de espíritu, a la valentía de quienes le bajan el volumen al radio de la ciencia-modernidad-racionalidad-belleza-éxito-riqueza para seguir el corazón que les demanda honestidad, amor, placer, dar de sí mismos un poco más a esta humanidad llena de amplias sonrisas y grandes corazones.

Aplaudo las intenciones de desnudarnos para vivir con toda el alma aquello que nos hace humanos: la risa, la duda, el llanto y el amor.

Le agradezco a Steve Jobs que nos recuerde que aún después de participar de la creación y distribución de algunos de los productos de tecnología más importantes de las últimas décadas, uno tiene derecho a retirarse las vestiduras para escuchar el corazón: “Recordar que pronto estaré muerto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de la vida. Porque casi todo –todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el miedo a la humillación o al fracaso– se cae ante la muerte, dejando solo aquello que de verdad importa. Recordar que uno va a morir es la mejor forma que conozco para evitar la trama de pensar que uno tiene algo para perder. Ya están desnudos. No hay razones para no seguir su corazón”. Steve Jobs


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Conflicto vocacional

La campanilla del despertador le revienta los oídos. Abre los ojos y lo primero que percibe es el ardor en la garganta y la congestión nasal. Logra sacar su cuerpo de la cama y camina hasta la ducha atolondrado. Su despoblada cabeza recibe con temor el agua helada. Sin plata no hay gas, sin gas hay que comenzar con dolor cada mañana. El frio le despierta los recuerdos, los tormentos de todos los días, la imagen de su mujer cruzando la puerta de la casa con sus pertenencias medio empacadas, la cantaleta de la inmobiliaria con el asunto de los pagos, ese conflicto no resuelto con su único hermano… se estrega con fuerza y velocidad como tratando de exfoliar, sin éxito, tantos fantasmas. Con su cuerpo delgado envuelto en una vieja toalla, abre la puerta del baño y se ve atropellado por la triste imagen de su traje de trabajo colgado al pie de la cama. No soporta las pepas coloridas, los grandes zapatos, las tirantas, la inmensa y enroscada peluca ¡¿por qué tiene que ser un maldito payaso?!


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El pancas

Nota: Este texto no es mío, es un lindo regalo de los que te alegra una mañana de martes.

Al Pancas no le cabía tanta dicha en el cuerpo. Insistía en contarme la historia de su encuentro con Marcela incluyendo hasta el más mínimo detalle: verde había sido la blusa, los bluyines tejían la segunda piel de sus piernas incansables para la salsa, perfectas en ritmo y cadencia, la capul le había recordado la de Louise Brooks y Louise Brooks no solía aparecer por estos tiempos ni siquiera en las secretas y mudas pantallas del inconsciente de mi amigo, lo cual llevaba ese momento de la noche hasta “La Caja de Pandora” y los desenfrenados bailes de Lulú que parecían estar secretamente amarrados a las caderas líquidas de Marcela, gemelas Marcela y Louise, las dos armadas de brazos aéreos y definitivos. Y eso es lo de menos hermano, me dijo, porque finalmente Marcela sólo me acuerda de ella misma y eso de andar buscándole dobles en la memoria es una gimnasia inútil y miedosa que solo busca liberarme de su influjo, concluyó. ¿Influjo?, pregunté con ironía, pues me parecía que el relato del Pancas resultaba de proporciones góticas para lo que yo concebía como un encuentro casual de una noche de salsa, yerba y roncito. Sí, influjo, me dijo, haciendo énfasis sin recato en la hipérbole, influjo, la Marcelita resultó ser un súcubo, remató.

Siguió con la boca de Marcela, con la franqueza que sus labios dibujaban con la risa, con la mirada un poco cansada por el trajín de ser joven, y más adelante me habló de los bordes de Marcela, de sus lindes (usó esa expresión el muy tragado Pancas), del pliegue que describía el mundo cuando en su desenfreno se encontraba con ella en un tú a tú que hacía presagiar no uno sino muchos Apocalipsis. A mí también Marcela me comenzó a parecer bella, cada suspiro sincero del Pancas se me iba para adentro y el rastro del perfume de Marcela que en ellos venía se dormía en mis pulmones. No hubo mayor ocasión de hablar, dijo Pancas, me sentía torpe y zurdo a su lado, no podía dejar de admirar cada gesto, por minúsculo que fuera, de su rostro, orquestando una presencia de la cual no habría querido desprenderme nunca más.

La retraté mil veces, continuó, con neones fucsias brotando de su cabeza, con la noche acurrucada a sus pies, con la música ebria abrazándola…, tuve, eso sí, el valor de pedirle el correo electrónico y el teléfono, mi lengua parecía un trapo, mi corazón, otro, agregó. ¿Y ya le escribió?, ¿ya la llamó?, le pregunté al Pancas, y antes de que pudiera contestarme lo vi transido por la duda y la incertidumbre, frágil como nunca. !Hágale compadre!, le di ánimos. Está bien, me dijo, le voy a hacer caso, le voy a escribir, júreme que si no me contesta, usted me lidia la tusa y me deja contarle mil veces más la historia de como me enamoré de la Marcela. Se lo juro, le contesté para serenarlo, y lo dejé sentado en su portátil, mirando para el techo, invocando musas y estrellas, tratando de encontrar la voz que hiciera posible el milagro de reencontrarse con Marcela.

Me fui con sigilo y con las sensación de que, pasara lo que pasara, el Pancas era un hombre consentido por la Fortuna.

El futuro desde la ventana

Aún puede recrear la resequedad en la boca, la falta de aliento y el escalofrío que le recorrió la espina dorsal cuando se topó con sus grandes ojos de miel, su rebelde pelo crespo que apenas si se deja capturar por un resorte y sus muslos que prometen el cielo oculto bajo su inocente falda a cuadros. Y ahí está él, intentando dar su clase de historia, en medio del embrujo que le ocasionan esas largas piernas que le dan siempre la espalda, para que la dulzura hecha mujer se concentre en la ventana y quebrante a su antojo las estrictas normas de comportamiento en el aula. Él ya se ha resignado a tenerla ausente y le habla a los que permanecen atentos de la misma batalla del Medioevo que ha narrado por más de 3 décadas. Riiiing la maldita campana se roba la última clase del año.
Cuando todos se han ido las piernas se retiran de la ventana que mira al verano y caminan lentamente hacia su escritorio. Ella se inclina hasta el punto en el que su delicada nariz está a escasos centímetros de las gastadas gafas de marco metálico. Él sueña con sus jugosos labios tocando los suyos, en la misma escena que por varias noches lo ha dejado despierto y sudoroso al lado del mismo cuerpo que lo ha acompañado por 25 años. Tras unos gloriosos segundos que transcurren despacio, la deliciosa boca termina por posarse en la despejada coronilla del profesor.
El ángel sale del salón y se lanza al brillante futuro que contempló durante todo el año desde la ventana. Él husmea las piernas que se alejan hacia el porvenir incierto y tras unos segundos regresa a su escritorio, donde queda cristalizado en su perpetuo pasado.


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Chernobyl, 25 años después

Un cuarto de siglo no ha sido suficiente para eliminar los rastros de la peor tragedia nuclear de la historia, que tuvo lugar en Chernobyl, Ucrania. En Japón, hasta mediados del mes pasado, los bomberos aún estaban luchando por enfriar el reactor número 3 con más de 64 toneladas de agua y lograr con esto el descenso de los niveles de radiación. Las comunidades más pobres de Chernobyl consumen con temor leche, champiñones y otros productos alimenticios que están altamente contaminados, pero que constituyen una fuente fundamental de nutrientes, especialmente en el invierno. Entretanto, 29 países le siguen apostando a la energía nuclear, entre ellos Francia que usa este mecanismo para producir el 88% de la energía que consume y Estados Unidos, que cuenta con más de 100 plantas nucleares.

Greenpace está recaudando fondos para apoyar las víctimas de Chernobyl: http://greenpeacecolombia.org/landing_chernobyl/landing03_baner_video_colombia.html


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Antejardín, corazón y puerta

Después de estar 5 minutos frente a la puerta, se decide a oprimir el timbre. Le gotea la nariz, la chaqueta, el bolso. Seis meses atrás cruzó esa misma puerta, llorando de rabia y maldiciendo, con la certeza de no querer volver a pisar el antejardín de esa casa. A lo largo de este semestre han pasado por sus manos fotografías de viejos momentos felices, muchos pañuelos desechables que le ayudaron a soportar el dolor de contemplar aquellas fotos, notas de aliento de sus amigas y familiares, pequeños detalles que en momentos de rabia fueron a parar a la basura, tarjetas de presentación de nuevos prospectos, flores y regalos que tuvieron muy poco significado.

Una semana antes de su nuevo encuentro con la puerta, sus manos se toparon con un viejo y arrugado papel, borrador de una carta de amor. Desde aquel momento no ha parado de recordar la plenitud que la invadía en los amaneceres entre sus brazos. Se han perdido en la memoria los motivos que la llenaron de rabia y le hicieron azotar la puerta al salir. Lo único que está presente es la felicidad extraviada, esa que sus manos no han vuelto a tocar.

Hoy salió de la oficina decidida a romper la pared de silencio que los ha separado. Llueve a cántaros, olvidó su sombrilla, pero nada importa. La invaden los nervios, la ansiedad, una secuencia que se repite en su cabeza una y otra vez con las palabras que usará y los abrazos que le dará. Se paralizó por un momento, pero pueden más las ganas que el miedo. Se hacen eternos esos 3 minutos entre el ring y la luz al otro lado del portón. Ve la luz y con ella viene un pelo largo, unos labios rojos y un profundo escote muy bien dotado. Se queda muda y congelada. Regresa por donde vino sin pronunciar palabra, dejando atrás antejardín, corazón y puerta.


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¿Hacia dónde nos quieren llevar con la educación que recibimos?

Imagen tomada de http://servindi.org/actualidad/31912

Imagen tomada de http://servindi.org/actualidad/31912

El cabildo indígena Cerro Tijeras (Cauca – Colombia) escribió un manifiesto sobre la educación en Colombia, especialmente la política educativa orientada a los pueblos indígenas:

“En Colombia la ignorancia campea porque a la gente no se le enseña, contextualmente, cómo funcionan las cosas. Desde la niñez se adquieren saberes sueltos, inútiles, lo que determina una forma de pensar limitada, que sólo sirve  para mirar su realidad y crea una incapacidad marcada para exigir” –esta afirmación de uno de los neurofisiólogos  más importante del mundo, el colombiano Rodolfo Llinás, es la misma que los indígenas pregonamos y en nuestras palabras cuando hablamos de etnoeducación.
Entendemos la educación propia como la formación de individuos desde las expectativas de cada comunidad, signado ello bajo los principios que rigen al movimiento indígena (Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía). Nos urge educar a los nuestros no para que se pongan al servicio de intereses corporativos sino para que se sumen al sentir y pensar que en boca de los mayores es transmitido de unos a otros, en esa medida consideramos y en palabras del rector del considerado mejor colegio del país, que contra todo pronóstico es estrato tres: “mejorar la cobertura no consiste en transformar una escuela de un piso en una de cuatro, sino en sumar procesos humanísticos de alta calidad”.

En las escuelas, colegios y universidades no se forman humanos sino obreros. Se ha convertido así la educación en una máquina eficiente cuya consigna es graduar en serie cantidades masivas de doctores y bachilleres para impresionarnos con cifras e independiente de la calidad, “por cada niño que repita el año el Estado debe reinvertir el valor del subsidio, 930 mil pesos. Se trataría de reducir la reprobación a su mínima expresión para ahorrar recursos, con independencia del resultado académico de los estudiantes y de la deplorable calidad educativa que resulta de la promoción automática”, según Cristina Latorre, columnista de El Espectador:   http://www.elespectador.com/columna-239078-institucionalizacion-de-vagancia

Ahora y por lo visto, la estrategia de masificar antes que cualificar no salió bien librada luego de los recientes resultados de las pruebas PISA que en su última medición entre 65 países (ocho de ellos latinoamericanos) rajó a nuestra nación  al ubicarla en un patético puesto 52 en el ranking educativo mundial que mide la calidad de la educación.
A toda costa y contra nuestra decisión nos pretenden someter a esa educación que vuelve dóciles a los humanos y mudos a la hora de exigir respeto. Desde Bogotá nos imponen docentes, coordinadores, pensums académicos. Primero le dieron la responsabilidad de la educación a los curas que pretendieron evangelizarnos, luego a las familias tradicionales del Cauca que nos quisieron someter (recordemos que el exgobernador Chaux fue llamado a juicio por parapolítica), ahora quieren privatizarla según lo afirmó el presidente Santos, todo ello contra la voluntad de los pueblos indígenas decididos a asumir en primera persona la formación de nuestra gente. Queremos, podemos y necesitamos formar hombres y mujeres no para que se sumen a la planta de personal de las multinacionales sino para que, justamente, hagan respetar sus derechos.

Desde el cabildo Indígena de Cerro Tijeras nos preguntamos, ¿hacia dónde nos quieren llevar con la educación que recibimos?, sabemos que si logramos entender el porqué de las cosas veremos que no hay razón alguna para acatar mandatos velados bajo oscuros intereses. Seguimos protegiendo la educación propia porque está inspirada por los espíritus y la naturaleza, formamos individuos dignos, soberanos, honestos y con sentido de pertenencia y del colectivo. Así, invitamos a los y las colombianas a que antes de pensar ¿qué voy a estudiar? se cuestionen primero sobre, ¿quién es el titiritero que mueve los hilos?, ¿a qué juegan con
nosotros?
Piensa…actúa…

*El cabildo Indígena de Cerro Tijeras se ubica al norte del departamento del Cauca, a dos horas del municipio de Suárez. Está conformado por veintidós veredas y cerca de tres mil adscritos entre indígenas Nasa, afrocolombianos y campesinos.


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Libia grita ¿el mundo escucha?

El disidente Najla Aburrahman le dijo a los medios internacionales hace una semana: “Si son ignoradas las protestas de los libaneses, Gaddafi  sellará al país frente al mundo y aplastará sin piedad la revolución, incluso antes de que comience.”
La prensa no escuchó a Aburrahman y hoy cuenta, a tientas, más de 200 asesinatos y 900 personas heridas desde el miércoles 16 de febrero, víctimas de la aniquiladora mano de un presidente que lleva 42 años dándole miseria, hambre y sufrimiento a la población de uno de los cuatro principales productores de petróleo del mundo (más info).
Ecuador, Rusia e italia son sólo algunos de los países que han establecido relaciones comerciales con Gaddafi, haciéndose los de la vista gorda con las atrocidades del mandatario. Con la estruendosa realidad de los últimos días, la comunidad internacional ha empezado a abrir sus ojos y a alzar sus voces de protesta, pero en algunos casos, no pasan de respuestas automáticas y obligadas a lo que ya se perfila como un desastre humanitario. Obama, por ejemplo, ha hecho declaraciones públicas de su interés en el fin de la violencia en el país árabe, pero no hizo referencia alguna al nombre del mandatario responsable por tal crueldad.
En 1994 la humanidad cerró sus ojos frente al genocidio en Ruanda y el siguiente video muestra unas pocas consecuencias de la desidia de la comunidad internacional. ¿Será que tendremos que presenciar testimonios como éstos de las mujeres libias en algunos años?…

In Rwanda, in 1994, Hutu militia committed a bloody genocide, murdering one million Tutsis. Many of the Tutsi women were spared, only to be held captive and repeatedly raped. Many became pregnant. Intended Consequences tells their stories. See the project at http://mediastorm.com/publication/intended-consequences

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